El entrenamiento con ejercicios isométricos puede reducir de forma clínicamente relevante la presión arterial, pero la frecuencia con la que se practica parece determinar cuánto tiempo se conserva este beneficio. Un estudio de la Universidad Canterbury Christ Church, en Reino Unido, publicado en BMJ Open Sport & Exercise Medicine, muestra que una o dos sesiones semanales pueden mantener parcialmente la reducción tensional a corto plazo, mientras que tres sesiones por semana consiguen preservar mejor el efecto y otras adaptaciones cardiovasculares.
Un programa basado en sentadillas isométricas
El estudio incluyó a 100 adultos con una edad media de 37,4 años y una presión arterial sistólica basal normal o ligeramente elevada, entre 120 y 140 mmHg. Los participantes no realizaban ejercicio estructurado regularmente, no recibían tratamiento antihipertensivo y no presentaban enfermedades o lesiones que pudieran interferir con la intervención.
Durante las primeras cuatro semanas, los participantes asignados al entrenamiento realizaron en casa tres sesiones semanales de ejercicio isométrico de miembros inferiores. Cada sesión consistió en cuatro series de sentadillas isométricas contra la pared, separadas por dos minutos de descanso sentado.
Tras esta primera fase, los participantes fueron distribuidos en diferentes pautas de mantenimiento: tres, dos o una sesión semanal, mientras que otro grupo suspendió completamente el entrenamiento. La presión arterial y diferentes variables hemodinámicas y autonómicas se evaluaron al inicio y después de cuatro y ocho semanas.
Los resultados iniciales confirmaron el efecto antihipertensivo del entrenamiento isométrico. Después de cuatro semanas se observaron reducciones significativas de la presión arterial sistólica, diastólica y media respecto al grupo control, en consonancia con investigaciones previas sobre esta modalidad de ejercicio.
Tres sesiones semanales producen el mayor beneficio
La frecuencia de entrenamiento resultó determinante durante la fase de mantenimiento. A las ocho semanas, quienes realizaron una o dos sesiones semanales conservaron reducciones significativas de la presión arterial sistólica y de la presión arterial media respecto al grupo control, aunque el efecto comenzó a atenuarse.
La respuesta más intensa se produjo entre quienes mantuvieron tres sesiones semanales. En este grupo, la presión arterial sistólica media descendió desde 131,2 mmHg al inicio hasta 117,5 mmHg a las ocho semanas, lo que representa una reducción de 13,73 mmHg.
En comparación, la disminución fue de 6,95 mmHg con dos sesiones semanales y de 6,56 mmHg con una sesión semanal. Además, el entrenamiento realizado tres veces por semana permitió conservar mejoras en parámetros como la resistencia periférica total y la variabilidad de la frecuencia cardiaca.
Estos datos sugieren una relación entre la frecuencia del estímulo isométrico y la magnitud del mantenimiento de las adaptaciones cardiovasculares.
Suspender el ejercicio revierte progresivamente el efecto
Los participantes que abandonaron completamente los ejercicios después de las primeras cuatro semanas experimentaron una reversión de la presión arterial hasta valores que dejaron de diferenciarse significativamente de los observados en el grupo control.
Quienes redujeron la frecuencia a una o dos sesiones semanales también mostraron cierta recuperación de las cifras tensionales, aunque conservaron parte del beneficio inicial. Por tanto, una frecuencia reducida podría ralentizar la pérdida del efecto antihipertensivo, pero parece insuficiente para mantener la magnitud de la respuesta obtenida con tres sesiones semanales.
Una estrategia sencilla que requiere confirmación a largo plazo
Los resultados tienen interés clínico porque plantean una intervención domiciliaria sencilla, de corta duración y potencialmente fácil de incorporar a las recomendaciones sobre estilo de vida. La posibilidad de conservar parte del beneficio con una sola sesión semanal podría ser especialmente relevante en personas con dificultades de adherencia.
Sin embargo, los resultados no deben extrapolarse directamente a pacientes con hipertensión establecida. La población estudiada era relativamente joven, sin tratamiento antihipertensivo y con cifras sistólicas normales o ligeramente elevadas. Además, la fase específica de mantenimiento tuvo una duración de solo cuatro semanas.
Los autores consideran que se necesitan estudios más prolongados para determinar qué frecuencia de entrenamiento permite mantener las reducciones de presión arterial durante meses o años. Por ahora, los datos indican que una o dos sesiones semanales pueden preservar parcialmente el beneficio a corto plazo, mientras que tres sesiones parecen necesarias para mantener una reducción tensional más intensa y las adaptaciones cardiovasculares asociadas.
Fuente: EuropaPress
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