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jueves, 15 de octubre de 2026

Enseñar la biología del envejecimiento como una disciplina médica básica

Pasar de una medicina reactiva a otra preventiva y predictiva es, según José Luis Cordeiro, ingeniero y coautor de La muerte de la muerte, el gran cambio conceptual de la medicina que ya está en marcha. Cordeiro, organizador de la International Longevity Summit, que se ha celebrado en Madrid, explica a El Médico Interactivo que las facultades deberían enseñar la biología del envejecimiento como una disciplina médica fundamental. Además, señala que la gerociencia tiene que dejar de considerarse marginal o futurista, y reconoce que hacen falta mejores biomarcadores y ensayos que demuestren que intervenir sobre esos mecanismos reduce la enfermedad, la discapacidad y la mortalidad.

“Si sabemos que determinados procesos biológicos del envejecimiento aumentan el riesgo de cáncer, enfermedad cardiovascular, neurodegeneración o fragilidad, tiene sentido intentar intervenir sobre esos procesos antes de que aparezca la enfermedad”, comenta Cordeiro. “Un estudiante de medicina aprende muchísimo sobre enfermedades cardiovasculares, cáncer, diabetes o neurodegeneración, pero necesitamos conectar esas enfermedades con los procesos biológicos que comparten y que están relacionados con el envejecimiento”, añade.

En esta dirección coincide el Dr. Manuel J. Castillo, profesor emérito de fisiología de la Universidad de Granada y ponente en la cumbre. Según explica a El Médico Interactivo, la ciencia médica está en condiciones de intervenir de forma segura sobre el envejecimiento antes de que aparezca la patología, algo que se hace desde hace tiempo y que se haría con más eficacia con los conocimientos actuales. Descarta, eso sí, que ello permita curar o evitar el envejecimiento: lo que se consigue, dice, es retardar el proceso, prevenir sus complicaciones y atenuar sus consecuencias.

En cuanto a las pruebas de edad epigenética y de telómeros que venden algunas clínicas privadas, Cordeiro admite que en muchos casos el mercado se ha adelantado a la evidencia. “Necesitamos estandarización, estudios longitudinales, validación independiente y demostrar que modificar un marcador realmente modifica resultados clínicos. No debemos confundir medir el envejecimiento con demostrar que podemos revertirlo”, matiza el organizador de la International Longevity Summit.

Sobre el riesgo de cáncer de la reprogramación celular, Cordeiro pide cautela. “No recomendaría presentar las intervenciones experimentales de rejuvenecimiento como si fueran tratamientos ya establecidos. El riesgo de cáncer es precisamente uno de los grandes desafíos científicos. […] Por eso necesitamos investigación rigurosa, ensayos clínicos controlados y seguimiento a largo plazo. Ser optimista respecto al futuro no significa abandonar la prudencia en el presente”, comenta.

Castillo, por su parte, cree que toda intervención supone riesgos y obliga a valorar el balance entre riesgo y beneficio. Según explica, los senolíticos no están dando por ahora el resultado esperado y la reprogramación genética sigue en investigación, aunque prevé que “para algunos aspectos concretos del envejecimiento, como pueda ser la degeneración de tejidos específicos, su regeneración parcial o temporal se pueda conseguir”.

“La muerte de la muerte” en 2045 como horizonte tecnológico

Respecto a qué avance concreto demuestra que 2045 es una fecha realista para “la muerte de la muerte”, Cordeiro cita la convergencia de varias áreas: la reprogramación celular, las terapias génicas, la medicina regenerativa y la inteligencia artificial. En su libro defiende “que el envejecimiento no tiene por qué ser un destino biológico inevitable», pero aclara que «la fecha de 2045 es un horizonte tecnológico, no una promesa médica. Pero cada avance que permite reparar, reemplazar o rejuvenecer tejidos hace que ese horizonte sea científicamente más plausible”.

Castillo no se atreve a negar de forma categórica que en 2045 la mortalidad sea opcional, pero con el conocimiento actual y los desarrollos en curso lo considera, en esos términos, imposible. “Por el momento, el límite real de la biología humana basado en la evidencia empírica y el conocimiento fisiológico son, como posibilidad, unos 120 años”, afirma.

Respecto a la aprobación de terapias génicas contra el envejecimiento, Cordeiro explica que “es imposible dar una fecha responsable. Podrían llegar antes de lo que muchos imaginan, pero también podrían tardar bastante más”. Prevé que lleguen primero tratamientos dirigidos a mecanismos concretos, y no una única terapia.

Ahorro, acceso y financiación

José Luis Cordeiro comenta que “potencialmente» la prevención biológica saldría más barata a la sanidad pública que costear la dependencia y las enfermedades crónicas, «pero hay que demostrarlo con datos para cada intervención». «La prevención suele ser más barata que las terapias, especialmente si las personas mantienen su juventud y salud, como se espera con tratamientos de extensión de vida y rejuvenecimiento biológico”, afirma Cordeiro.

“El verdadero objetivo no es simplemente vivir más años, sino vivir más años con buena salud y autonomía. Si conseguimos retrasar simultáneamente varias enfermedades asociadas al envejecimiento, el impacto económico puede ser enorme. Una persona que vive hasta los 90 o 100 años con buena salud es muy diferente, para su familia y para el sistema sanitario, de una persona que pasa sus últimos 15 años con múltiples enfermedades crónicas y dependencia. La longevidad saludable puede convertirse no solamente en una revolución médica, sino también en una revolución económica y social”, dice.

Castillo es tajante y afirma que financiar la prevención reduciría el gasto futuro en dependencia y cronicidad. “Es lo que se llama el dividendo de longevidad. Por cada año de vida activa e independiente ganado (un objetivo concreto de la medicina antienvejecimiento y longevidad), el dividendo de longevidad, el retorno económico, son unos 3.000 € persona/mes. A partir de esa cifra, que está perfectamente justificada, se pueden hacer cálculos poblacionales”.

Reconoce que “la medicina de longevidad es ahora para una élite económica y social”, pero prevé que “pronto se va a democratizar” y llegar a sectores cada vez más amplios de la población. Según explica, “cuando los tratamientos se demuestren efectivos, cuando seamos capaces de valorar en su justa medida la ratio coste-riesgo/beneficio, esa democratización, ese alcanzar a mayores sectores de población, será una realidad inevitable y deseable”.

Para lograr que la sanidad pública financie la prevención biológica, Cordeiro plantea mejores biomarcadores y criterios clínicos, ensayos que demuestren menos enfermedad, discapacidad y mortalidad, y que las agencias reguladoras evalúen el envejecimiento como un factor de riesgo modificable. “La sanidad pública debería financiar aquello que demuestra que mejora resultados de salud de manera coste-efectiva. Si la gerociencia consigue demostrarlo, habrá una base científica y económica muy poderosa para incorporarla”, afirma, y pone como ejemplo Japón, donde “están avanzando con leyes de right to try (derecho a probar) para personas mayores que quieren probar nuevas terapias médicas”.

“Mi visión es muy clara: no se trata simplemente de añadir años a la vida, sino de añadir vida a los años. Y si conseguimos que la ciencia aprenda a reparar el daño causado por el envejecimiento a una velocidad superior a la que ese daño se acumula, estaremos entrando en lo que llamamos longevidad indefinida. Esa es, en última instancia, la idea detrás de La muerte de la muerte”, concluye Cordeiro.

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Contaminación y riesgo de alzhéimer especialmente en mujeres

Un estudio liderado por investigadoras del Barcelonaβeta Brain Research Center (BBRC), el centro de investigación de la Fundación Pasqual Maragall, ha identificado la contaminación como un riesgo de alzhéimer. En concreto, ha aportado la primera evidencia científica en humanos sanos de la relación directa entre la exposición crónica a contaminantes atmosféricos (óxidos de nitrógeno y partículas en suspensión [PM10 y PM2,5]) y biomarcadores de alzhéimer y de neuroinflamación en líquido cefalorraquídeo (LCR).

La investigación, publicada en la prestigiosa revista Alzheimer’s & Dementia: The Journal of the Alzheimer’s Association, presenta unos resultados compatibles con la hipótesis de que la contaminación atmosférica puede favorecer procesos neuroinflamatorios y respuestas astrogliales. Estudios previos han propuesto tanto vías directas, como la vía olfativa, como las vías indirectas, a través de la inflamación sistémica y el estrés oxidativo.

Cabe recordar que la contaminación atmosférica es un factor de riesgo ambiental ya establecido para la salud cardiovascular y respiratoria, y la evidencia sobre su impacto en el cerebro es cada vez más sólida. De hecho, el informe de la Lancet Commission de 2024 sobre prevención de la demencia ya incluye la calidad del aire entre los 14 factores de riesgo modificables asociados con el alzhéimer, con un peso estimado cercano al 3 % de los casos de demencia en todo el mundo. A pesar de ello, su papel concreto en las fases previas y asintomáticas de la enfermedad era un ámbito poco explorado.

Un estudio focalizado en Barcelona

Durante tres años, el estudio ha seguido a 226 personas cognitivamente sanas del área metropolitana de Barcelona de la cohorte ALFA+ del BBRC, con el apoyo de Fundación «la Caixa». La cohorte ALFA+ hace seguimiento de personas sin deterioro cognitivo, la mayoría de las cuales presentan antecedentes familiares de alzhéimer. Los datos de biomarcadores de alzhéimer en LCR se cruzaron con datos de calidad del aire utilizando la metodología del proyecto europeo ESCAPE, una iniciativa que reúne más de 30 estudios de cohorte europeos con el objetivo de cuantificar el impacto de la contaminación atmosférica en la salud.

Uno de los principales hallazgos del estudio es la asociación entre una mayor exposición a la contaminación atmosférica y el aumento longitudinal de la GFAP (proteína ácida fibrilar glial, por sus siglas en inglés). La GFAP es una proteína asociada con la reactividad de los astrocitos, células gliales que contribuyen al mantenimiento y a la protección de las neuronas, y que se pueden activar ante diferentes tipos de estrés o daños, como la contaminación, mediante la liberación de esta proteína.

Niveles de GFAP

En el alzhéimer, los astrocitos pueden abandonar este estado normal y volverse ‘reactivos’. Cuando pasa esto, los niveles de la GFAP aumentan: de manera que los valores elevados del marcador reflejan que se está produciendo esta activación astroglial.

El estudio también analizó la IL-6, una citocina, es decir, una proteína relacionada con la señalización inflamatoria. Los análisis identificaron diferencias en función del sexo en la evolución de los niveles de IL-6 asociados con la contaminación a lo largo de los tres años de seguimiento. En conjunto, los resultados de la GFAP y la IL-6 apuntan a respuestas astrogliales y neuroinflamatorias asociadas con la exposición a la contaminación relacionada con el tráfico, especialmente en mujeres.

Además, en las mujeres, el aumento de la proteína GFAP explicaba parcialmente (aproximadamente entre un 5 % y un 10 %, según el contaminante y el dominio cognitivo) la asociación entre una exposición más elevada a la contaminación y el empeoramiento de la atención y la función ejecutiva. De manera que los resultados apuntan a la reactividad de los astrocitos como una de las posibles vías que podrían conectar la contaminación atmosférica con los cambios cognitivos.

Exposición a la contaminación atmosférica

“Nuestros resultados apuntan a que la activación de los astrocitos podría formar parte de las vías biológicas que relacionan la exposición a la contaminación atmosférica con cambios cognitivos, y que estas respuestas pueden diferir entre mujeres y hombres. Es un primer paso para entender por qué, ante un mismo nivel de exposición, algunas personas presentan una mayor vulnerabilidad”, explica la Blanca Rodríguez, investigadora y coautora del estudio.

Otro aspecto relevante del estudio es que estas asociaciones son independientes del estatus APOE ε4 y de los biomarcadores clásicos de la enfermedad, como las proteínas β-amiloide y tau. La ausencia de asociaciones con los biomarcadores típicos del alzhéimer puede indicar que los procesos neuroinflamatorios inducidos por la contaminación aparecen de forma temprana o en paralelo a los cambios patológicos clásicos de la enfermedad de alzhéimer en fases preclínicas.

Riesgo de alzhéimer modificable

Estos hallazgos se enmarcan en un conjunto creciente de evidencias que muestra que la contaminación atmosférica no solo afecta a la salud cardiovascular, sino también a la salud cerebral, y tienen implicaciones relevantes para la salud pública: reducir la contaminación podría comportar beneficios preventivos a largo plazo para el cerebro de la población.

El estudio aporta nueva evidencia y refuerza la idea de que la contaminación atmosférica es un factor de riesgo modificable relevante para la prevención de la demencia, especialmente en mujeres. Políticas orientadas a reducir las emisiones relacionadas con el tráfico pueden contribuir a reducir este riesgo.

“Aunque será necesario replicar estos resultados en cohortes más amplias y diversas, nuestros hallazgos refuerzan la importancia de reducir la exposición a la contaminación relacionada con el tráfico para favorecer la salud cerebral. Además, observar que la asociación entre la contaminación y los indicadores estudiados puede ser diferente en mujeres y hombres nos ayuda a entender mejor qué grupos pueden ser especialmente vulnerables a sus efectos”, añade Natàlia Vilor-Tejedor, autora principal del estudio y líder del grupo de investigación en epidemiología molecular y ciencia de datos en el BBRC.

El equipo investigador recuerda que el estudio presenta algunas limitaciones propias de su fase inicial, como una muestra masculina reducida que podría haber dificultado la detección de efectos similares en hombres, o la medida de la exposición basada exclusivamente en la dirección residencial, sin tener en cuenta desplazamientos o la exposición a contaminantes en su puesto de trabajo. Los futuros pasos de la investigación incluirán el uso de sensores portátiles para un seguimiento más preciso e individualizado.

 

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miércoles, 14 de octubre de 2026

La AMM advierte del impacto del cambio climático en la salud de las generaciones futuras

«El cambio climático ya está afectando la salud de nuestros pacientes a través del calor, las inundaciones y las enfermedades», ha afirmado el doctor Jung Yul Park, presidente de la Asociación Médica Mundial. «Nuestro código ético exige a los médicos proteger la salud tanto de las generaciones futuras como de los pacientes actuales. Esto implica actuar sobre las causas, no limitarse a tratar las consecuencias».

Con estas declaraciones, el nuevo presidente Jung Yul Park, ha anunciado una versión revisada de la Declaración de Delhi sobre Salud y Cambio Climático durante su Asamblea General. La revisión insta a los gobiernos a tratar el cambio climático como una emergencia sanitaria y a actuar en defensa del derecho de las generaciones futuras a vivir en un entorno saludable.

De esta forma, la AMM exhorta a los gobiernos nacionales a cumplir sus compromisos internacionales en materia climática. Les solicita proporcionar financiación climática que fortalezca los sistemas de salud, invertir en investigación sobre clima y salud, y capacitar a médicos y otros profesionales sanitarios para afrontar desastres relacionados con el clima.

Medidas urgentes para las generaciones futuras

La AMM subraya que para mejorar la salud de las generaciones futuras es necesaria una eliminación gradual, rápida y equitativa de los combustibles fósiles a nivel mundial para proteger la salud, acompañada de una transición justa para los trabajadores y las comunidades expuestos a la extracción, el procesamiento y la combustión de dichos combustibles.

«Las personas que corren mayor riesgo son aquellas que menos contribuyeron a provocar esta crisis», añade el doctor Park. «Los gobiernos deben garantizar que sus sistemas de salud estén preparados y que las medidas de adaptación lleguen a las comunidades que más las necesitan».

Papel de los médicos en el cambio climático

Por otra parte, se insta a los médicos a prepararse para emergencias climáticas e interrupciones en el suministro, a reducir la huella ambiental de la atención sanitaria y a consultar a los pacientes sobre factores ambientales al elaborar su historial médico. Las asociaciones médicas deben incorporar la emergencia climática en sus agendas y trabajar para incluir la temática del clima y la salud en la formación médica.

Además, desde la AMM se considera que los gobiernos deberían incluir a representantes del sector sanitario en la planificación de emergencias y preparación, atender a las personas desplazadas por causas medioambientales y asegurar que la salud se tenga en cuenta en todas las políticas pertinentes.

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No existe evidencia de exacerbaciones de asma tras la vacuna antigripal inactivada

Coincidiendo con el inicio de la campaña de vacunación frente a la gripe 2026-2027, la Sociedad Española de Inmunología Clínica, Alergología y Asma Pediátrica (SEICAP) pone el foco en las dudas que todavía persisten en asma en niños sobre la seguridad y la eficacia de la vacunación antigripal.

“La reticencia de algunas familias a vacunar frente a la gripe a los niños con asma suele relacionarse principalmente con el temor a que la vacuna pueda desencadenar una crisis asmática o con dudas sobre su eficacia”, explica María Teresa Guerra Pérez, coordinadora del Grupo de Educación Sanitaria de SEICAP.

Guerra señala que este temor no está respaldado por la evidencia disponible: “En los niños con asma puede existir además el temor de que la vacunación desencadene una exacerbación o empeore el control de la enfermedad. Sin embargo, la evidencia disponible no demuestra un aumento significativo de las exacerbaciones tras la administración de la vacuna antigripal inactivada”.

En este sentido, la especialista hace referencia a un ensayo clínico publicado en The New England Journal of Medicine que avala la seguridad de la vacuna antigripal inactivada en personas con asma. El estudio concluyó que la vacunación no incrementa el riesgo de exacerbaciones asmáticas en las dos semanas posteriores a su administración, incluso en pacientes con asma grave.

Recomendación en asma en niños

La campaña de vacunación frente a la gripe ha comenzado este mes de octubre. La vacunación infantil sistemática, es decir, la recomendada para todos los niños independientemente de que tengan enfermedades de riesgo, está indicada entre los seis meses y los cuatro años, aunque algunas comunidades autónomas han ampliado esta franja de edad. En el caso de los niños con asma, la recomendación de vacunarse frente a la gripe no depende solo de la edad, ya que el asma es una enfermedad respiratoria crónica y la vacunación se recomienda cada temporada una vez establecido el diagnóstico.

Cabe recordar que las infecciones respiratorias víricas están entre los principales desencadenantes de las exacerbaciones asmáticas en la infancia. En el caso de la gripe, estas exacerbaciones pueden evolucionar desde un aumento de la tos o las sibilancias hasta cuadros con dificultad respiratoria, descenso de la saturación de oxígeno y necesidad de atención urgente u hospitalización.

“En un niño con asma, la gripe no debe considerarse únicamente una infección respiratoria más, ya que puede desencadenar una exacerbación asmática potencialmente grave y aumentar el riesgo de utilización de los servicios sanitarios y de ingreso hospitalario”, subraya Guerra.

Desterrando falsos mitos

Otro de los falsos mitos que sigue apareciendo es que la propia vacuna pueda causar la gripe. Sin embargo, como explica la especialista, las vacunas antigripales inactivadas contienen componentes del virus que no son capaces de producir la infección. Aclara que esta creencia puede deberse a que los niños contraigan otras infecciones respiratorias, causadas por otro virus diferente, como el rinovirus o el virus respiratorio sincitial (VRS), antes, durante o después de la vacunación, y las atribuyan erróneamente a la vacuna.

De esta forma, insiste en que la vacuna frente a la gripe puede administrarse a partir de los seis meses de edad y, una vez establecido el diagnóstico de asma, está recomendada cada temporada.  “La evidencia disponible indica que la vacunación antigripal en los niños con asma es segura y puede reducir el riesgo de gripe y de exacerbaciones respiratorias asociadas a esta infección”, concluye Guerra.

 

 

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Tres sesiones semanales de ejercicio isométrico mantienen mejor la reducción de la presión arterial

El entrenamiento con ejercicios isométricos puede reducir de forma clínicamente relevante la presión arterial, pero la frecuencia con la que se practica parece determinar cuánto tiempo se conserva este beneficio. Un estudio de la Universidad Canterbury Christ Church, en Reino Unido, publicado en BMJ Open Sport & Exercise Medicine, muestra que una o dos sesiones semanales pueden mantener parcialmente la reducción tensional a corto plazo, mientras que tres sesiones por semana consiguen preservar mejor el efecto y otras adaptaciones cardiovasculares.

Un programa basado en sentadillas isométricas

El estudio incluyó a 100 adultos con una edad media de 37,4 años y una presión arterial sistólica basal normal o ligeramente elevada, entre 120 y 140 mmHg. Los participantes no realizaban ejercicio estructurado regularmente, no recibían tratamiento antihipertensivo y no presentaban enfermedades o lesiones que pudieran interferir con la intervención.

Durante las primeras cuatro semanas, los participantes asignados al entrenamiento realizaron en casa tres sesiones semanales de ejercicio isométrico de miembros inferiores. Cada sesión consistió en cuatro series de sentadillas isométricas contra la pared, separadas por dos minutos de descanso sentado.

Tras esta primera fase, los participantes fueron distribuidos en diferentes pautas de mantenimiento: tres, dos o una sesión semanal, mientras que otro grupo suspendió completamente el entrenamiento. La presión arterial y diferentes variables hemodinámicas y autonómicas se evaluaron al inicio y después de cuatro y ocho semanas.

Los resultados iniciales confirmaron el efecto antihipertensivo del entrenamiento isométrico. Después de cuatro semanas se observaron reducciones significativas de la presión arterial sistólica, diastólica y media respecto al grupo control, en consonancia con investigaciones previas sobre esta modalidad de ejercicio.

Tres sesiones semanales producen el mayor beneficio

La frecuencia de entrenamiento resultó determinante durante la fase de mantenimiento. A las ocho semanas, quienes realizaron una o dos sesiones semanales conservaron reducciones significativas de la presión arterial sistólica y de la presión arterial media respecto al grupo control, aunque el efecto comenzó a atenuarse.

La respuesta más intensa se produjo entre quienes mantuvieron tres sesiones semanales. En este grupo, la presión arterial sistólica media descendió desde 131,2 mmHg al inicio hasta 117,5 mmHg a las ocho semanas, lo que representa una reducción de 13,73 mmHg.

En comparación, la disminución fue de 6,95 mmHg con dos sesiones semanales y de 6,56 mmHg con una sesión semanal. Además, el entrenamiento realizado tres veces por semana permitió conservar mejoras en parámetros como la resistencia periférica total y la variabilidad de la frecuencia cardiaca.

Estos datos sugieren una relación entre la frecuencia del estímulo isométrico y la magnitud del mantenimiento de las adaptaciones cardiovasculares.

Suspender el ejercicio revierte progresivamente el efecto

Los participantes que abandonaron completamente los ejercicios después de las primeras cuatro semanas experimentaron una reversión de la presión arterial hasta valores que dejaron de diferenciarse significativamente de los observados en el grupo control.

Quienes redujeron la frecuencia a una o dos sesiones semanales también mostraron cierta recuperación de las cifras tensionales, aunque conservaron parte del beneficio inicial. Por tanto, una frecuencia reducida podría ralentizar la pérdida del efecto antihipertensivo, pero parece insuficiente para mantener la magnitud de la respuesta obtenida con tres sesiones semanales.

Una estrategia sencilla que requiere confirmación a largo plazo

Los resultados tienen interés clínico porque plantean una intervención domiciliaria sencilla, de corta duración y potencialmente fácil de incorporar a las recomendaciones sobre estilo de vida. La posibilidad de conservar parte del beneficio con una sola sesión semanal podría ser especialmente relevante en personas con dificultades de adherencia.

Sin embargo, los resultados no deben extrapolarse directamente a pacientes con hipertensión establecida. La población estudiada era relativamente joven, sin tratamiento antihipertensivo y con cifras sistólicas normales o ligeramente elevadas. Además, la fase específica de mantenimiento tuvo una duración de solo cuatro semanas.

Los autores consideran que se necesitan estudios más prolongados para determinar qué frecuencia de entrenamiento permite mantener las reducciones de presión arterial durante meses o años. Por ahora, los datos indican que una o dos sesiones semanales pueden preservar parcialmente el beneficio a corto plazo, mientras que tres sesiones parecen necesarias para mantener una reducción tensional más intensa y las adaptaciones cardiovasculares asociadas.

 

 

Fuente: EuropaPress

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