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lunes, 27 de abril de 2026

Más allá de la báscula: hacia una nueva forma de entender la obesidad en la consulta médica

Más de 1.000 millones de personas viven con obesidad en el mundo y se estima que la cifra superará los 2.000 millones en 2035 —una de cada cuatro personas—, según el informe World Obesity Atlas. En España, la prevalencia ronda el 24 %, y las previsiones apuntan a que alcanzará el 37 % en la próxima década, de acuerdo con el mismo informe.

El impacto clínico, social y económico de estas cifras —acompañadas de múltiples enfermedades asociadas, complicaciones y pérdida de calidad de vida— es enorme. “Las medidas no solo son urgentes, sino que requieren un cambio de paradigma”, afirma Cristina Petratti, médica de familia y especialista en obesidad con más de 25 años de experiencia, autora del libro Obesidades sin culpa. No es falta de voluntad. Es biología. Miembro de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO), insiste en que es necesario abandonar ideas obsoletas a la luz de la evidencia científica actual.

Evaluaciones más allá del IMC

Durante años la obesidad se ha reducido al Índice de Masa Corporal (IMC), pero en la práctica clínica se sabe que dos personas con el mismo IMC pueden tener riesgos distintos. Estudios como el de Francisco Rubino y colaboradores redefinen qué es la obesidad y cómo diagnosticarla, proponiendo que no solo debe hacerse con el IMC sino basándose en el exceso de grasa corporal y su impacto real en la salud del paciente. La conclusión, según Petratti, es clara: “La báscula cuenta una parte muy pequeña de la historia. Perímetro de cintura, composición corporal y perfil metabólico son los tres pilares que todo médico debería tener en cuenta para hacer una medicina de precisión en obesidad”.

Primero, tener en cuenta la distribución del tejido adiposo, el perímetro de cintura; lo decisivo no es cuánta grasa tiene una persona, sino dónde está y cómo se comporta. La grasa visceral, la que rodea el hígado, el páncreas y el intestino, es metabólicamente activa y se asocia a inflamación de bajo grado, resistencia a la insulina y mayor riesgo cardiovascular. “Una simple cinta métrica en consulta aporta más información pronóstica que muchos análisis. Medir el perímetro de cintura debería ser tan rutinario como tomar la tensión”, apunta.

Segundo, centrarse en la composición corporal, la masa muscular y la grasa, porque “no todo descenso de peso es un buen resultado”, puntualiza. Herramientas como la bioimpedancia, los test de fuerza o una valoración funcional como el test de levantarse de la silla o la fuerza de presión manual permiten saber qué está ocurriendo. “La fuerza de prensión es un marcador de salud y envejecimiento que se puede medir en consulta en un minuto”, indica.

Finalmente, el perfil metabólico básico. Con una analítica estándar se obtiene una foto del riesgo real: glucosa en ayunas y HbA1c, perfil lipídico con colesterol total, HDL, LDL y triglicéridos, transaminasas para valorar la función hepática y descartar hígado graso y, cuando está indicado, marcadores de resistencia a la insulina. Este perfil permite identificar obesidades con repercusión metabólica que de otro modo pasarían desapercibidas.

Este viraje conceptual ha sido respaldado por las principales instituciones internacionales. En 2013, la American Medical Association reconoció oficialmente la obesidad como una enfermedad crónica y, en 2016, la American Association of Clinical Endocrinologists propuso el término Adiposity-Based Chronic Disease (ABCD), enfatizando que el problema central no es el peso en sí mismo, sino la disfunción del tejido adiposo y sus complicaciones clínicas. En esta misma línea se sitúa la “Guía española para el manejo integral y multidisciplinar de la obesidad en adultos (guía GIRO), que reúne la evidencia científica más actual y propone un enfoque que integra intervenciones nutricionales, actividad física, apoyo psicológico, así como tratamientos farmacológicos, técnicas endoscópicas y cirugía bariátrica, aconsejando dejar de hablar de obesidad en singular y comenzar a hablar de “obesidades”.

Como “recetar” ejercicio y preservar la masa muscular

El músculo no es solo un tejido que permite el movimiento, es un órgano endocrino. Durante la contracción muscular libera mioquinas, se han identificado más de 600, que actúan sobre el metabolismo, el sistema inmunológico, el tejido adiposo y el cerebro. Cuando un paciente camina, nada o levanta pesas, está enviando señales químicas a todo su organismo.

“Cualquier médico debería prescribir ejercicio como prescribe un fármaco, con indicación, dosis y seguimiento”, asegura la experta. La recomendación general combina ejercicio aeróbico, al menos 150 minutos semanales de actividad de intensidad moderada, con entrenamiento de fuerza al menos dos días por semana, pero la clave está en la individualización, adaptando el tipo, la intensidad y la progresión a la condición física, las comorbilidades y las preferencias del paciente. Desde SEEDO se ha desarrollado SEEDO GO, una plataforma para trasladar esta evidencia a la práctica clínica de forma segura y personalizada. “No es una app de fitness, es una herramienta médica”, explica Petratti.

Cada especialista debería incorporar el ejercicio como parte natural de su plan terapéutico, como ya sugieren algunos estudios. El cardiólogo sabe que el sedentarismo se asocia a mayor mortalidad que la propia obesidad y que el ejercicio mejora el perfil lipídico, reduce la frecuencia cardíaca en reposo y disminuye el riesgo de hipertensión. El ginecólogo encuentra en la menopausia un momento crítico, ya que la caída de estrógenos favorece el depósito de grasa visceral y aumenta el riesgo cardiometabólico, y el entrenamiento de fuerza es fundamental para preservar masa muscular y mejorar la sensibilidad a la insulina. El traumatólogo, por su parte, entiende que la masa muscular protege la articulación y que sin fuerza la prótesis o la rehabilitación fracasan.

En la era de los agonistas del receptor GLP-1 este punto es más relevante que nunca. No toda pérdida de peso es saludable. Cuando el descenso no se acompaña de un estímulo adecuado de fuerza y de una ingesta proteica suficiente, el organismo pierde no solo grasa, también tejido magro. Las consecuencias son directas: disminución del metabolismo basal, peor funcionalidad y mayor riesgo de recuperar el peso a medio y largo plazo. Por eso el entrenamiento de fuerza es una herramienta terapéutica importante, acompañada de un aporte proteico de 1 a 1,5 g/kg/día ajustado a cada paciente. “Por eso hablamos de alianza metabólica: la integración estratégica entre farmacoterapia, ejercicio físico, nutrición estructurada y acompañamiento conductual. El objetivo ya no es solo perder peso: es perder grasa, preservar músculo y sostener la salud metabólica en el tiempo”, apunta la experta.

Cómo explicar el ambiente obesogénico y la inflamación de bajo grado

“Un ambiente obesogénico es un entorno que promueve hábitos que aumentan el riesgo de obesidad, con ultraprocesados accesibles y baratos en cada esquina, márquetin alimentario dirigido a niños, barrios sin espacios seguros para caminar, jornadas laborales de 12 horas frente a una pantalla, estrés crónico y mal descanso”, relata la experta. Por ello, lo primero que puede hacer un profesional en prevención primaria es ponerle nombre a todo esto delante del paciente en base a la evidencia científica, según la experta. “Cuando alguien entiende que no lucha solo contra su voluntad, sino contra un entorno diseñado para que no resista, deja de sentirse culpable y empieza a poder actuar”, concluye.

En cuanto a la inflamación de bajo grado, componente central en la obesidad y en muchas enfermedades metabólicas, el tejido adiposo visceral la produce de forma silenciosa, y esa inflamación se asocia a resistencia a la insulina, diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular e hígado graso. “Al paciente le explico que el cuerpo está en un estado de alarma biológica permanente, aunque él no lo note. Y también le explico la buena noticia: el ejercicio físico, a través de las mioquinas que libera el músculo al contraerse, tiene un efecto antiinflamatorio directo. Comer mejor, moverse y dormir bien no son consejos de autoayuda, son intervenciones biológicas potentes”, revela.

Cómo educar en consulta sin culpabilizar

Tres recomendaciones concretas para el profesional, según Petratti. Primero, cambiar el lenguaje, hablar de “persona con obesidad”, no de “obeso”, y explicar que es una enfermedad crónica, no un fallo de carácter. Segundo, ayudar al paciente a auditar su propio entorno, qué hay en su despensa, cuántas horas pasa frente a una pantalla, cómo duerme, qué estímulos alimentarios tiene alrededor y a qué puede poner distancia, “porque a veces proteger el proceso implica modificar dinámicas que no están alineadas con el cambio”. Tercero, apoyarse en el trabajo en equipo, médico de familia, nutricionista, profesional del ejercicio físico y, cuando sea necesario, psicólogo. “El paciente con obesidad debe ser acompañado desde el inicio, igual que acompañamos a un paciente con cáncer”, apunta.

También recuerda que la prevención individual tiene un techo si no se acompaña de medidas colectivas como etiquetado frontal de alimentos, impuestos a bebidas azucaradas, formación de profesionales en trato no estigmatizante y educación en escuelas. “Países como Chile, México y Canadá ya han dado pasos importantes en esta dirección. Un médico bien informado es también una voz importante para reclamar estas medidas”, asegura.

“El resumen es sencillo: educar en prevención no es repetir ‘coma menos y muévase más’, es explicar que la obesidad es una respuesta biológica a un entorno complejo, retirar la culpa, dar herramientas concretas y acompañar desde un enfoque interdisciplinar”, concluye.

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La tomografía sintética redefine la imagen del hueso temporal sin radiación

Un estudio diagnóstico publicado en JAMA Otolaryngology–Head & Neck Surgery demuestra la viabilidad de generar tomografía computarizada (TC) sintética a partir de resonancia magnética (RM) mediante algoritmos de aprendizaje automático. Este avance plantea un cambio relevante en la práctica clínica al permitir la evaluación simultánea de tejidos blandos y estructuras óseas sin exposición a radiación ionizante.

Integración de modalidades en un único estudio de imagen

En la práctica otológica, la combinación de RM y TC ha sido tradicionalmente necesaria para obtener una caracterización completa de la anatomía del hueso temporal. Mientras la RM ofrece una excelente resolución de tejidos blandos, la TC sigue siendo el estándar para la evaluación de estructuras óseas. La posibilidad de sintetizar imágenes equivalentes a TC a partir de RM introduce una alternativa potencialmente más eficiente y segura.

El estudio se desarrolló en un centro terciario de referencia en los Países Bajos, donde se recopilaron 73 estudios emparejados de RM y TC. De estos, 67 se utilizaron para entrenar un algoritmo de aprendizaje automático capaz de generar imágenes sintéticas, mientras que los restantes se emplearon para validación clínica independiente.

Precisión geométrica y radiológica comparable

Los resultados evidencian que las imágenes sintéticas alcanzaron una precisión notable respecto a la TC convencional, considerada estándar de referencia. El error medio de distancia superficial fue de 0,38 mm, mientras que la diferencia en radiodensidad fue de apenas 4 unidades de Hounsfield, valores clínicamente aceptables en la mayoría de los escenarios.

La visibilidad de los principales hitos anatómicos fue comparable entre ambas modalidades en la mayoría de los casos. Sin embargo, se identificaron limitaciones específicas: el grosor del tegmen tendía a sobreestimarse y los osículos no se representaban de forma consistente, lo que podría afectar su utilidad en determinadas indicaciones diagnósticas finas.

Valoración clínica por especialistas

La evaluación cualitativa fue realizada por otorrinolaringólogos y radiólogos mediante una escala Likert de cuatro puntos. La mayoría de las imágenes sintéticas fueron consideradas adecuadas para aplicaciones clínicas como localización anatómica, navegación quirúrgica y planificación preoperatoria, especialmente en procedimientos como la implantación coclear.

En concreto, el 97% de los estudios fueron considerados útiles para localización, el 83% para navegación y el 70% para planificación quirúrgica. No obstante, los evaluadores coincidieron en que estas imágenes no deben sustituir a la TC convencional en contextos puramente diagnósticos, debido a las limitaciones en la representación de microestructuras.

Aplicaciones clínicas y limitaciones actuales

El principal valor clínico de esta tecnología reside en la planificación quirúrgica y la orientación anatómica en procedimientos otológicos. La posibilidad de disponer de información combinada de tejidos blandos y hueso en una sola adquisición podría optimizar flujos de trabajo, reducir costes y evitar la exposición a radiación, especialmente relevante en pacientes jóvenes o en estudios repetidos.

Sin embargo, la precisión insuficiente en estructuras de pequeño tamaño limita su aplicabilidad diagnóstica completa. Además, la implementación clínica requiere validación adicional en diferentes poblaciones y entornos, así como integración con sistemas de imagen existentes.

Implicaciones para el futuro de la imagen médica

Este estudio representa un paso significativo hacia la convergencia de modalidades de imagen mediante inteligencia artificial. La generación de TC sintética a partir de RM podría extenderse a otras regiones anatómicas, ampliando su impacto en múltiples especialidades.

A medida que los algoritmos evolucionen, es probable que se reduzcan las limitaciones actuales, permitiendo una sustitución progresiva de la TC en determinados contextos. Por ahora, su papel parece orientarse como herramienta complementaria de alto valor en planificación quirúrgica.

En conclusión, la TC sintética derivada de RM constituye una innovación prometedora que redefine el paradigma diagnóstico en otología. Su adopción clínica dependerá de la mejora en la resolución de detalles finos y de su validación en escenarios reales, pero ya anticipa un futuro donde la imagen médica sea más segura, integrada y eficiente.

 

Los conflictos de intereses de los autores pueden consultarse en el texto original

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viernes, 24 de abril de 2026

La inteligencia artificial y la prueba del tiempo clínico

La conversación sobre inteligencia artificial en medicina se ha instalado con rapidez en un registro casi siempre previsible, hablamos de capacidad de cálculo, de automatización, de apoyo al diagnóstico, de medicina personalizada, de predicción y de eficiencia. Como médico, investigador y docente, me planteo si no estamos formulando del todo bien la pregunta principal: el verdadero examen de la inteligencia artificial en salud no está ni estará solo en demostrar que puede hacer más cosas, sino en probar que puede mejorar de verdad las condiciones en las que hoy se ejerce la medicina.

Esas condiciones son cada vez más exigentes. El problema del sistema sanitario no es únicamente la escasez de recursos o el incremento sostenido de la demanda, es también una forma de desgaste más difícil de medir y muy presente en la práctica diaria: la erosión del tiempo clínico. No me refiero solo a la falta material de minutos por paciente, sino a algo más preocupante: el progresivo estrechamiento del espacio mental y profesional necesario para pensar bien, discriminar con prudencia, integrar información compleja, escuchar con atención y decidir con verdadero criterio clínico.

En los últimos años hemos incorporado al trabajo sanitario una enorme cantidad de capas: más registros, pantallas, trazabilidad, más exigencias administrativas, más circuitos, datos, más alertas, más sistemas de información. Parte de todo ello era necesario y ha sido útil, pero sería ingenuo negar que también hemos construido una medicina sometida a una creciente presión de fragmentación. El clínico no solo atiende enfermos; atiende, además, flujos de información, plataformas, tareas intermedias, validaciones y obligaciones de registro que compiten de forma constante por su atención.

¿Cuánto añade o cuánto retira la IA?

Cuando hablamos de inteligencia artificial, la cuestión no debería ser únicamente cuánto puede añadir, sino cuánto puede retirar. No basta con preguntarse si una herramienta es sofisticada, hay que preguntarse si reduce fricción, si ordena o complica, si devuelve foco o introduce una nueva dispersión. ¿Alivia de verdad o si simplemente cambia de sitio la carga?

Soy claramente partidario del desarrollo de estas tecnologías, la inteligencia artificial está abriendo posibilidades extraordinarias en el análisis de datos, en la identificación de patrones, en el procesamiento de lenguaje, en la imagen médica y en la capacidad de anticipar riesgos o detectar señales que de otro modo pasarían desapercibidas. En especialidades como la neumología, donde convivimos con enfermedad crónica, seguimiento longitudinal, múltiples variables clínicas y un volumen creciente de información, ese potencial es indudable y sería absurdo ignorarlo.

Sería igual de erróneo asumir que toda incorporación tecnológica mejora por definición la práctica clínica. No toda innovación descarga, a veces, también añade supervisión, dependencia, expectativa de rendimiento, necesidad de validación continua o nuevas formas de vigilancia. Puede convertir al profesional en el revisor final de una cadena cada vez más automatizada, pero no necesariamente más inteligible. En ocasiones desplaza el problema sin resolverlo: reduce una tarea concreta, pero incrementa otras; acelera una fase del proceso, pero aumenta la complejidad global del trabajo.

Ese es uno de los puntos ciegos del debate actual. Tendemos a evaluar la IA por su potencia, pero no siempre por su impacto sobre la ecología real del trabajo clínico. La medicina no se ejerce en abstracto, la ejercemos en consultas saturadas, en servicios con alta presión asistencial, en entornos donde la incertidumbre no desaparece porque una herramienta sea capaz de ofrecer una respuesta rápida, probabilística o estadísticamente robusta. La decisión clínica sigue siendo algo más que el resultado de un buen procesamiento de datos, exige contexto, experiencia, responsabilidad y una relación madura con la incertidumbre.

De hecho, el riesgo no está tanto en que la IA se equivoque de forma visible, el riesgo más sutil es que nos acostumbremos a un modelo de práctica en el que todo parezca más fluido mientras el juicio clínico va perdiendo espacio sin que apenas lo advirtamos. Una medicina puede volverse más ágil en apariencia y, al mismo tiempo, más pobre en deliberación. Puede ganar velocidad y perder espesor y que produce recomendaciones técnicamente sólidas y, sin embargo, podría deteriorar la capacidad del profesional para jerarquizar, matizar o incluso disentir con fundamento cuando el caso concreto lo exige.

Atención, tiempo y juicio

Por eso creo que el criterio central debería ser otro. La buena inteligencia artificial no será la que más impresione en una demostración, sino la que consiga preservar lo más escaso y valioso del ejercicio médico contemporáneo: atención, tiempo y juicio. Tiempo para pensar antes de decidir, explicar antes de prescribir, para integrar los datos de una persona en una visión clínica coherente, y no simplemente en una suma de variables. Tiempo, en definitiva, para que la medicina no quede reducida a una mera gestión acelerada de información.

Este punto es especialmente relevante en la enfermedad crónica. En este ámbito, el problema rara vez es la falta absoluta de datos. Lo que suele faltar es la capacidad de convertir datos dispersos en decisiones útiles, sostenibles y bien contextualizadas, la tecnología tiene valor cuando ayuda a detectar antes, a seguir mejor, a priorizar con más precisión y a intervenir de forma más oportuna. Lo pierde cuando multiplica el volumen de señales sin mejorar realmente la comprensión clínica de lo que importa.

No necesitamos una inteligencia artificial que compita con el médico en autoridad simbólica. Necesitamos herramientas que devuelvan al médico capacidad efectiva para ejercer mejor su función, no una tecnología que aumente el ruido, sino una que reduzca entropía. Si promesas abstractas de eficiencia, necesitamos una mejora concreta en la calidad del trabajo clínico y, con ello, en la calidad de la atención.

La pregunta decisiva no es si la inteligencia artificial va a transformar la medicina, eso ya está ocurriendo. La pregunta es si lo hará a favor del juicio clínico o a costa de él. ¿Servirá para devolver densidad, foco y tiempo a una práctica cada vez más tensionada, o si se convertirá en una capa adicional dentro de un sistema ya fatigado?

Ahí estará su verdadera prueba.

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jueves, 23 de abril de 2026

La apolipoproteína B emerge como el objetivo más coste-efectivo en prevención cardiovascular primaria

Replanteamiento de los objetivos lipídicos en prevención cardiovascular primaria

La prevención primaria de la enfermedad cardiovascular aterosclerótica continúa siendo una prioridad en salud pública, especialmente en poblaciones candidatas a terapia hipolipemiante. Tradicionalmente, el colesterol LDL ha sido el principal marcador de referencia para guiar la intensificación terapéutica, seguido del colesterol no HDL.

Sin embargo, la apolipoproteína B (apoB) ha emergido como un marcador más preciso del número de partículas aterogénicas circulantes, lo que podría traducirse en una mejor estratificación del riesgo residual. Un análisis reciente publicado en JAMA, dentro de la red JAMA Network, evalúa por primera vez la relación coste-efectividad de estos tres objetivos lipídicos en prevención primaria.

Diseño del modelo y población simulada

El estudio se basa en un modelo de simulación por ordenador que incluyó una cohorte hipotética de 250.000 adultos estadounidenses sin enfermedad cardiovascular aterosclerótica previa, elegibles para tratamiento con estatinas.

Los individuos fueron tratados según estrategias de intensificación terapéutica basadas en tres objetivos: LDL-C, colesterol no HDL y apoB. La intensificación incluía el uso de estatinas de alta intensidad y ezetimiba cuando no se alcanzaban los umbrales establecidos.

El modelo incorporó datos procedentes de encuestas nacionales, cohortes longitudinales y literatura científica, con análisis de sensibilidad para evaluar la robustez de los resultados.

Resultados en años de vida ajustados por calidad y costes

Los resultados muestran que la estrategia basada en apoB fue la que generó mayor beneficio clínico en términos de años de vida ajustados por calidad (QALYs).

En comparación con el objetivo de LDL-C, la estrategia basada en colesterol no HDL mostró una ganancia modesta de QALYs junto con una reducción de costes. Sin embargo, al comparar apoB con no HDL, se observó una ganancia adicional de 1324 QALYs, aunque con un incremento de costes asociado.

El análisis incremental situó la relación coste-efectividad de apoB en aproximadamente 30.300 dólares por QALY ganado, por debajo del umbral de disposición a pagar de 120.000 dólares por QALY, lo que la sitúa dentro de los márgenes considerados altamente coste-efectivos.

Comparación entre estrategias lipídicas

El análisis probabilístico mostró que la estrategia basada en apoB fue la opción óptima en el 65% de las simulaciones, mientras que el colesterol no HDL lo fue en el 25%. El LDL-C como único objetivo resultó menos eficiente en términos globales.

Estos resultados reflejan no solo diferencias en eficacia clínica potencial, sino también en la capacidad de cada marcador para capturar el riesgo aterogénico real.

El estudio sugiere que la mayor eficiencia de apoB se relaciona con su capacidad para reflejar el número total de partículas lipoproteicas aterogénicas, más allá de la concentración de colesterol contenido en ellas.

Implicaciones para la práctica clínica y farmacológica

Desde una perspectiva clínica, estos hallazgos plantean la posibilidad de redefinir los objetivos terapéuticos en prevención cardiovascular primaria. La adopción de apoB como marcador principal podría permitir una estratificación del riesgo más precisa y una intensificación terapéutica más eficiente.

Para el ámbito farmacéutico, este cambio potencial implicaría ajustes en estrategias de monitorización, uso de terapias hipolipemiantes combinadas y optimización de recursos sanitarios.

Además, la inclusión de apoB como objetivo podría tener implicaciones en la selección de pacientes candidatos a terapias más intensivas, como estatinas de alta potencia o combinaciones con inhibidores de la absorción de colesterol.

Análisis de costes y sostenibilidad del sistema sanitario

Un aspecto relevante del estudio es que el coste de la determinación de apoB resultó marginal en comparación con los costes globales del tratamiento prolongado y la ganancia en supervivencia.

El incremento de costes observado en la estrategia basada en apoB se debió principalmente a una mayor esperanza de vida, lo que implica tratamientos preventivos prolongados. Este fenómeno, aunque incrementa el gasto sanitario total, se asocia a una mejora en la salud poblacional.

Limitaciones del estudio de simulación

Al tratarse de un modelo computacional, los resultados dependen de las hipótesis iniciales y de la calidad de los datos de entrada. Aunque se realizaron análisis de sensibilidad extensivos, no sustituye la evidencia de ensayos clínicos directos.

Además, la extrapolación a sistemas sanitarios fuera del contexto estadounidense debe realizarse con cautela debido a diferencias en costes y patrones de práctica clínica.

Conclusión

El estudio publicado en JAMA sugiere que la apolipoproteína B es el marcador más coste-efectivo para guiar la terapia hipolipemiante en prevención primaria.

Estos hallazgos apoyan un posible cambio de paradigma en el manejo del riesgo cardiovascular, con implicaciones directas en la práctica clínica y en la optimización de recursos sanitarios, al integrar mayor precisión biológica con eficiencia económica.

 

Los conflictos de intereses de los autores pueden consultarse en el texto original

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El Comité de Huelga pide la dimisión de la ministra de Sanidad

El Ministerio de Sanidad comunicó ayer, 22 de abril, a las comunidades autónomas la suspensión de la reunión prevista para este jueves entre ambos y el Comité de Huelga. En dicha comunicación, la ministra de Sanidad sostiene que la reunión había sido solicitada por el Comité, al que le reprocha haber rechazado su última propuesta y mantener convocada la huelga que tendrá lugar la próxima semana.

En un nuevo comunicado, las organizaciones integrantes del Comité de Huelga inciden en que esta versión de los hechos no se ajusta a la realidad y omite elementos esenciales del desarrollo de las negociaciones, trasladando la responsabilidad del conflicto al Comité de Huelga y a las comunidades autónomas.

Ante este último suceso, el Comité de Huelga ha decidido exigir la dimisión de la ministra de Sanidad por la reiteración en la manipulación del relato en los últimos meses.

Enfrentamiento con la ministra de Sanidad

Según el Comité, la ministra de Sanidad elude asumir su responsabilidad y opta por sostener un relato que desplaza el origen y la persistencia del conflicto hacia otras partes, en lugar de abordar el problema desde el rigor jurídico y la coherencia normativa que la situación exige.

El objetivo de construir este relato engañoso e interesado explica la sistemática manipulación y tergiversación del contenido de las negociaciones por parte del ministerio, lo que ha llevado al Comité a reclamar que estas sean grabadas.

Por todo lo anterior, el Comité de Huelga exige la dimisión de la ministra Mónica García o, si esta no se produce, su cese inmediato.

La versión del Comité

En cuanto a su versión del relato, el Comité expone en este comunicado que en la reunión celebrada el viernes 17 de abril entre el Comité de Huelga y el Ministerio de Sanidad, los representantes ministeriales plantearon como posible vía de salida al conflicto la creación de mesas de negociación específicas para el colectivo médico y facultativo en el ámbito de las comunidades autónomas. Para ello, el ministerio se comprometía a trasladar esta propuesta a las autonomías e impulsar un eventual acuerdo a tres bandas que garantizara su constitución.

En ese contexto, el Comité de huelga manifestó su disposición a estudiar la propuesta y a comunicar posteriormente su posición al ministerio, y quedó expresamente establecido que la reunión con las comunidades autónomas sólo tendría lugar en caso de que dicha propuesta fuese aceptada por el Comité de Huelga.

Tras su análisis, la propuesta del ministerio se reveló inviable desde el punto de vista jurídico. El marco normativo vigente impide la creación de mesas de negociación propias para el colectivo médico y facultativo sin una modificación previa de la legislación básica estatal. Los fundamentos jurídicos que sustentan esta conclusión son tan claros y contundentes que cuesta creer que los servicios jurídicos del ministerio los desconocieran.

En consecuencia, el Comité de Huelga trasladó formalmente al ministerio el rechazo de su propuesta, lo que hacía innecesaria la convocatoria de la reunión con las comunidades autónomas.

 

 

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