«Los fármacos frente a la obesidad han venido para quedarse, pero hay que aunar esfuerzos entre los profesionales sanitarios, la industria farmacéutica y la Administración para que el coste sea asequible para la población que los necesite, y si no puede asumirse totalmente el coste, que por lo menos sea alcanzable”, subraya el doctor Diego Bellido Guerrero, jefe de Endocrinología y Nutrición del Complejo Hospitalario Universitario de Ferrol (CHUF).
Bellido Guerrero, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO) desde noviembre de 2025, reconoce en la entrevista mantenida con EL MÉDICO INTERACTIVO que la obesidad es siempre una enfermedad. Además, aboga por que en España se avance en saber cuáles son los costes sociales de la obesidad. “Ponerlos encima de la mesa, porque pueden representar un gasto cercano al 8-9% del PIB. Pero además de estos gastos tangibles hay muchos más añadidos al sufrimiento que genera la enfermedad en los pacientes y sus familias”, asevera.
Con el conocimiento científico actual, ¿se puede dudar de que la obesidad sea una enfermedad y negar la pandemia de obesidad en expansión explosiva?
No, porque es una enfermedad que afecta a cerca de la mitad de la población adulta y a casi un tercio de la población infantil. Es una explosión, pero no deberíamos hablar de obesidad, sino de obesidades, porque es una patología multifactorial con componentes fundamentalmente genéticos y ambientales, aunque haya otros. Pero realmente nadie está obeso porque quiere, la obesidad es una enfermedad.
La diabetes tipo 1 es genética y puede generar obesidad. ¿Qué peso tiene la genética y cuánto los condicionantes vitales de hábitos personales?, ¿y el entorno ambiental?
La diabetes tipo 1 es una enfermedad autoinmune con un componente genético y el porcentaje de obesidad en estos pacientes no es diferente al de población en general, pero a nosotros nos preocupa; es un colectivo donde la obesidad incide negativamente en el pronóstico. La diabetes tipo 1 afecta a menos de un 10% del total de la diabetes, pero hoy día sabemos mucho de su componente genético y de la asociación de diabetes tipo 1 y tipo 2, que también coexisten. Ser paciente con diabetes tipo 1 hace que generalmente se les asocie a obesidad y condiciona su diagnóstico, así que tenemos una preocupación especial por ellos, sobre todo porque no siempre tienen acceso a unos recursos asistenciales que son necesarios en este colectivo.
El doctor Diego Bellido Guerrero, Jefe de Endocrinología y Nutrición del Complejo Hospitalario Universitario de Ferrol.
Algunos médicos siguen culpabilizando al paciente de su obesidad. Pero, ¿acaso no vivimos en un entorno obesogénico, que condiciona mucho?
El ambiente obesogénico parte ya desde la niñez, cuando el niño tiene cada vez menos actividad física y pasa más horas sentado ante la televisión o el móvil. Ese ambiente lo vive en la escuela, en la familia, en el colegio, en la ciudad y en el juego, que es una parte muy importante. Antes iban con un bocadillo a la plaza y allí jugaban, pero ahora no. Por esto, un aspecto clave para crear ambientes más saludables es hacer y fomentar la actividad física, que sea una cosa natural. Pero es cierto, el paciente que vive con obesidad no está así porque quiere, hay algunos casos, pero no es lo habitual, porque el ambiente obesogénico condiciona mucho.
¿Se observa con claridad en clínica la incidencia del factor socioeconómico y cultural en la obesidad?
Sí que lo observamos. Hay una cosa de la que se habla poco y es que los pacientes con obesidad severa, es decir, aquellos que tienen un índice de más de 40 ha pasado de un 0,5% a un 2% y vamos ya hacia el 5%. Cada vez atendemos más a ese paciente que llama la atención al verlo y es en esta obesidad donde más incide el ambiente socioeconómico.
¿Podrían hacer algo más las administraciones para aminorar el impacto de los diferentes factores de obesidad?
Evidentemente. Cuando hablamos de Administraciones tenemos que abrir mucho el abanico, porque una cosa son los sistemas de salud que tienen una misión doble, pero sobre todo asistencial y la parte de Salud Pública, que no solo implica a este colectivo, sino que también afecta a otros estamentos. En España vivimos en una situación donde los sistemas de salud y las autonomías marcan diferencias globales. Y no todas tienen el mismo mecanismo de acción. Todas quieren hacer cosas, pero no aunamos los criterios para hacerlas en común. Desde SEEDO estamos colaborando a través de la sociedad y también de Alianzas frente a la obesidad con otras sociedades como SEN y asociaciones de pacientes, para generar estrategias y llevar a cabo programas en los aspectos de cronicidad con otras autonomías. Po eso ya hemos estado en el Senado, que es cámara territorial, para unificar criterios de trabajo.
Es chocante que los hábitos sociales sean tan obesogénicos y al tiempo florezca la gordofobia, ¿cómo explicar esto a los pacientes?
Son las situaciones de extremos, porque hoy vivimos en un mundo de extremos confrontados. Del mismo modo que en política, también lo vemos en la gordofobia. Por una parte, se favorece sobre todo el estigma, pero a la vez también crece el Body Positivity, porque hay personas que con obesidad evidente y ellas no se sienten obesas. Este año ha habido un debate muy potente en The Lancet, del que salió un informe, en el que SEEDO participó inicialmente en la propuesta de trabajo, pero cuando se trasladó el informe aparece un concepto que es la obesidad preclínica. Algo que no compartimos, porque pensamos que la obesidad es siempre una enfermedad; el exceso de grasa es siempre una enfermedad y no podemos participar de que un paciente no se considere obeso porque no le genera complicaciones o diga que no las tiene o no las pueda tener. La obesidad preclínica para mí no existe, porque cuando llegáramos a ella, llegaríamos tarde a verlo en el paciente. Creemos que el concepto de obesidad preclínica no es correcto. Hay que considerar la obesidad una enfermedad siempre. El obeso sano solo existe hasta que se descubre. A veces una persona obesa está considerada sana porque no se ha hecho una analítica adecuada o no se ha mirado la rodilla o si tiene una apnea u otra afectación. Pero cuando haces una valoración completa del paciente te encontrarás que la obesidad siempre tendrá consecuencias para la salud.
Dieta saludable, ejercicio moderado y sueño reparador … ¿qué añadiría esta tríada para que la obesidad se redujera significativamente?
El tema del ejercicio hay que matizarlo, porque realmente el concepto de ejercicio es muy subjetivo. Puedes tener claro, más o menos, si comes mucho o poco, puede valorarse bien la ingesta, pero cuantificar el ejercicio es más complejo, ¿cómo lo valoramos, por el número de pasos, los minutos, la intensidad…? valorar el ejercicio es una asignatura pendiente. Hay quien piensa que con dos días a la semana y hacer 10.000 pasos le llega, pero en realidad, los profesionales sanitarios adolecemos de una formación específica para individualizar la actividad física del paciente. Desde SEEDO hemos presentado un programa que se llama ¡SEEDO-GO!, una plataforma digital pensada para acompañar en el camino hacia una vida más activa. Es un programa democrático para que ponerlo en Google y nos diga cómo hacer ejercicio y ayudarnos a perder peso. Esa parte está hecha, pero la parte de dieta lo estamos ultimando.
Enredado con el punto anterior, la báscula, el guión de una dieta gramo-estricta y el IMC como biblia antiengorde, ¿son útiles o más bien trampantojos?
Trampantojos. El IMC es y seguirá siendo uno de los criterios de clasificación del paciente con obesidad. Pero hoy día, medir solo el IMC digamos que es un paso más de la distribución de la grasa. Medir el IMC sin cintura y altura no es objetivo, porque hay gente que tiene un IMC normal y son obesos. Esto lo podemos percibir midiendo la cintura y la altura. A partir de ahí, ¿con eso podemos cuantificar la grasa?
Vemos la obesidad como patológica cuando agrava otra enfermedad. ¿Cómo lograr que entre en la cabeza de los pacientes que siempre es un agravante de otras patologías?
Es un mensaje que tenemos que transmitir los clínicos, pero sobre todo los responsables de Salud Pública. Porque el mensaje tiene que calar en la población. Para nosotros es fácil, pero que le llegue al paciente que la obesidad es una enfermedad y, además, factor de riesgo de más de 200 enfermedades es un mensaje cuya difusión es social, política, que obligue a formar a las familias. Una formación que tiene que venir desde la escuela, donde hay que enseñar lo que es un estilo de vida saludable. Los profesionales lo deben conocer, pero también los municipios que desean tener un entorno saludable. Cada vez que hacemos un congreso de la SEEDO intentamos ir primero a la ciudad, entrevistarnos con el alcalde y ver qué medidas tienen a nivel de municipio, de entorno, de ciudad saludable. Y las analizamos para ver si se puede dar un golpe de tuerca en ese sentido. Por otra parte, hay muchísimas iniciativas. En Galicia, por ejemplo, desde Salud Pública hay un programa que se llama Obesidad Cero y trata precisamente de esto. Estas iniciativas tendrían que ser conjuntas.
¿Los fármacos agonistas del receptor de GLP1 son el bálsamo de fierabrás, la solución a todos los gordos problemas de los obesos?, ¿sin la corrección en dieta, ejercicio y sueño pueden ser pan para hoy y mayor obesidad mañana?
El tratamiento farmacológico de la obesidad siempre ha sido un objetivo idealista. Llevamos más de un siglo consiguiendo tratamientos milagrosos, algunos efectivos a corto plazo, pero nunca a largo plazo. Hasta ahora, en mi ejercicio profesional he podido ver tratamientos efectivos, pero nunca a largo plazo. ¿Qué suponen los nuevos tratamientos? Hay un cambio conceptual en el desarrollo de fármacos basados en el sistema de incretinas, es decir, hablamos de la GIP y GLP-1. Nuestro intestino es un órgano endocrino fundamental. Cuando comemos, el tubo digestivo produce hormonas señalizadoras, las incretinas, que pasan la información a los órganos de secreción interna que secretan hormonas, por ejemplo, al páncreas. Este sistema incretínico parece que en el paciente obeso está alterado, de manera que esa información no llega bien y la secreción insulínica y otras hormonas no está parejo a lo que se necesita para un buen metabolismo. Una GLP-1 es una incretina y los análogos del GLP-1 son fármacos que se han desarrollado para hacer el efecto incretínico un poco más grande, para estimular la secreción de insulina y disminuir el glucagón en el páncreas. Pronto se descubrió que estos fármacos eran efectivos en la diabetes y también en el sobrepeso, pero esto no es suficiente, ya no nos conformamos con eso. El objetivo central es el beneficio para la salud. Me da igual que la persona pierda un 5 o 10% de peso, lo interesante es que a probablemente ha normalizado la tensión, ha bajado el colesterol y se ha encontrado físicamente bien. Los GLP-1 han conseguido eso. ¿Qué más le podemos pedir a un fármaco?
¿Qué más esperan del fármaco?
Pues que su efecto sea duradero en el tiempo. El gran problema ahora mismo es que si la obesidad se considera una enfermedad como la hipertensión o la diabetes, cuando tú tratas a un paciente y le das un medicamento no planteas quitárselo, sino que el tratamiento siga, porque cada vez hay más personas que toman tres o más pastillas, pero nadie se plantea quitárselo. Con estos fármacos y con lo que viene, porque ya tenemos fármacos sobre dos y tres incretinas con efectos duraderos, el futuro del tratamiento de la obesidad es prometedor. El gran problema es que el acceso a los fármacos se ha convertido en novedad; todo el mundo los quiere, pero cuando saben que valen 300 euros la pregunta es cuánto tiempo tomarlos; he ahí el problema. La gente deja los tratamientos y vuelve a ganar peso. Porque el mecanismo que provoca el entorno obesogénico persiste. Estos fármacos han venido para quedarse, pero hay que hacer fuerza de unión entre los profesionales sanitarios, la industria farmacéutica y la administración para que el coste sea asequible; no sé si puede asumirse el coste totalmente, pero que sea asequible.
El doctor Bellido Guerrero, presidente de la SEEDO.
Combatir la epidemia de obesidad se antoja una batalla difícil de ganar en los países desarrollados, ¿y en los más pobres?
En los más pobres están en la zona creciente de la curva. Si ya la disponibilidad del fármaco es laboriosa para los que pueden, imagínate para los pobres. Además, si aquí mismo los alimentos que más engordan son a los que puede acceder el entorno social menos favorecido, qué decir en esos países. Por eso es fundamental la educación sanitaria.
Relacionado con la reducción de peso, la eficacia de los nuevos fármacos no es solo la éerdida real de grasa que puede alcanzar hasta el 25%, aproximándose a la que se consigue con cirugía bariátrica, sino que la persona que pierde mucho peso, pierde grasa y músculo, por lo que todavía estamos en la necesidad de desarrollar fármacos o componentes que ayuden a perder peso, pero preservando la masa muscular. Y aquí entra el aspecto socioeconómico, no sé hasta qué punto podremos tener accesibilidad o equidad para el uso de esos fármacos, pero el planteamiento está ahí.
¿La solución quizá nos venga por edición génica?
La terapia génica la consideramos un poco como ciencia ficción. Uno puede saber las bondades cuando se aplica la terapia génica y consigue un resultado. En las enfermedades raras se va para ahí y en la obesidad también hay terapia génica.
Hay estudios y proyectos con terapias génicas en animales y también en el ser humano; con un vector asociado a un adenovirus se modifica el RNA, sobre todo con un marcador que es el LFGF21, se consigue que al introducir este vector en el músculo se pierda peso, pero, además, manteniendo la potencia del músculo, que es la situación de necesidad vital. Son temas en fase de estudio, lejos aún de la clínica. Además, no sé si a la industria farmacéutica esto le interesará mucho, porque si lo que se quiere es ganar dinero vendiendo fármacos, una terapia como solución definitiva en una sola inyección probablemente no sea muy rentable.
¿Le gustaría añadir algo que no le haya preguntado?
Sí, que en España, como país desarrollado, tenemos que analizar más y mejor cuáles son los costes sociales de la obesidad, ponerlos encima de la mesa, porque puede representar el 8-9% del PIB económico, pero a estos costes tangibles se añaden otros muchos, reales pero no tan tangibles. Sería necesario un planteamiento político que asumiera los costes de la obesidad. Por una parte, para establecer estudios de coste-eficacia y, por otra, para que las enfermedades metabólicas de alta prevalencia se estudiaran bajo el desarrollo de equipos multidisciplinares, unidades bien formadas que puedan prestar asistencia a la obesidad de forma integral, para que no sea un tema baladí y para que el paciente no se tenga que buscar asistencia por su cuenta.
Desde SEEDO tenemos una alianza con la sociedad europea para crear unidades multidisciplinares, pero necesitamos que tengan acreditación y sean admitidas por los sistemas de salud para que se pueda proporcionar una medicina en este sentido más individualizada, coherente, segura y de alta calidad. Porque un paciente que vive con obesidad, necesita la atención que requiere una enfermedad.
Para conseguir eso, el primer paso sería como en Italia, donde el Parlamento ha legislado que la obesidad es una enfermedad crónica. Ese mismo paso debe darse en España. Esa es nuestra labor como sociedad científica, y en SEEDO queremos hacerlo porque creemos que puede hacerse.
El doctor Diego Bellido no declara conflicto de intereses.
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