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jueves, 29 de octubre de 2026

Nuevas investigaciones sobre el estrés postraumático en la Dana de Valencia

Un estudio realizado sobre más de 300 personas en los meses posteriores a la DANA del 29 de octubre de 2024 en Valencia muestra que más de la mitad de los directamente afectados por las inundaciones seguía sufriendo síntomas compatibles con el trastorno de estrés postraumático. La investigación realizada por profesoras de Piscología y Enfermería de la Universidad CEU Cardenal Herrera (CEU UCH) acaba de publicarse esta semana, coincidiendo con el segundo aniversario de las inundaciones, en la revista científica International Journal of Environmental Research and Public Health.

De los 313 participantes en el estudio, realizado por las investigadoras de la CEU UCH entre el 9 de enero de 2025 y el 13 de abril de 2025, el 43,1% presentó síntomas compatibles con el trastorno de estrés postraumático, aunque las proporciones difieren significativamente entre los grupos estudiados. Mientras que el 53,6% entre las víctimas directas de la DANA presentaron estos síntomas, el porcentaje entre las víctimas indirectas fue del 37,7% y del 17,6% entre los voluntarios. Además, las víctimas directas también mostraron niveles más elevados de ansiedad, depresión y somatización en comparación con los voluntarios. La percepción de amenaza para la vida y los estresores secundarios se asociaron con un mayor malestar psicológico entre las víctimas directas.

Para su realización, los participantes completaron tres tipos de cuestionarios validados internacionalmente para la evaluación de sus síntomas: la Escala Global de Estrés Postraumático (EGEP), el Inventario Breve de Síntomas-18 (BSI-18) y la Escala de Resiliencia de Connor-Davidson (CD-RISC). También completaron un cuestionario diseñado específicamente para este estudio, sobre características sociodemográficas, exposición a las inundaciones e historial de salud mental.

Exposición y percepción del peligro

Otro de los hallazgos más relevantes para el equipo investigador de la CEU UCH es que para la aparición de los síntomas de estrés postraumático no solo importa la exposición objetiva a la inundación, sino también la percepción subjetiva del peligro. “Sentir que la propia vida estuvo en riesgo se asoció con una mayor probabilidad de presentar síntomas de estrés postraumático y otros problemas psicológicos posteriores”, destacan las autoras del estudio.

La investigación también evidencia que los problemas que aparecen después de la catástrofe pueden ser tan importantes como en el evento inicial. Las dificultades relacionadas con la recuperación tras la DANA, como las pérdidas económicas, los daños en la vivienda, los trámites administrativos, la interrupción de servicios y los cambios en las condiciones de vida, se asocian con mayores niveles de malestar psicológico.

Necesidades de intervención y apoyo institucional

El equipo investigador de la CEU UCH concluye que la carga de síntomas observada en los meses posteriores a la DANA “es suficientemente elevada como para justificar cribados tempranos de salud mental, un seguimiento psicológico prolongado e intervenciones dirigidas específicamente a las personas más expuestas y a quienes continúan sufriendo consecuencias secundarias del desastre”. Los resultados obtenidos en los diversos grupos de afectados analizados también refuerzan la idea de que las consecuencias psicológicas de las catástrofes no se limitan a quienes experimentan directamente el peligro: “El estudio pone de manifiesto que las víctimas indirectas también constituyen un grupo vulnerable que puede requerir seguimiento y apoyo psicológico tras un desastre”, concluyen.

El estudio de la CEU UCH también ha analizado el apoyo institucional percibido tras la DANA y revela que, en términos generales, las personas afectadas consideraron insuficiente el respaldo recibido por parte de las instituciones: “Los resultados muestran que quienes percibían un mayor apoyo por parte de su gobierno local presentaban niveles más bajos de ansiedad y depresión. Asimismo, una valoración más positiva del apoyo recibido del gobierno central se asoció con una menor presencia de síntomas depresivos”, destacan las autoras del estudio. Estos hallazgos subrayan la importancia de la respuesta institucional no solo en la gestión de la emergencia, sino también en la protección del bienestar psicológico de la población afectada.

 

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Consumo de vitaminas del grupo B y riesgo de cáncer de mama

Una mayor ingesta de determinadas vitaminas del grupo B se asocia con un menor riesgo de desarrollar cáncer de mama, según un estudio europeo liderado por el grupo CIBERESP en la Escuela Andaluza de Salud Pública, bajo la coordinación de María José Sánchez Pérez, y en el que han participado también investigadores del ibs.GRANADA y de la Universidad de Granada.

El estudio publicado en The American Journal of Clinical Nutrition analiza el papel de nutrientes implicados en el ciclo de la metilación o metabolismo de un carbono, un conjunto de procesos esenciales para el funcionamiento celular y la regulación de la actividad de los genes. Entre estos nutrientes se encuentran el folato y las vitaminas B2, B6 y B12.

La investigación se ha desarrollado a partir de datos de la cohorte europea EPIC (European Prospective Investigation into Cancer and Nutrition), incluyendo e incluye a 6.134 mujeres de siete países europeos: 3.067 mujeres con un diagnóstico de cáncer de mama invasivo y 3.067 mujeres sin la enfermedad, seleccionadas como grupo de comparación.

Vitaminas del grupo B

En el marco del Mes de Concienciación sobre el Cáncer de Mama, se pone de relieve los resultados de este estudio aporta nuevas evidencias sobre la relación entre la alimentación y los mecanismos biológicos y genéticos implicados en el desarrollo de este tumor.

Los resultados mostraron que una mayor ingesta dietética de vitamina B2 (riboflavina) y vitamina B12 (cobalamina) se asociaba, para cada vitamina por separado, con un riesgo de cáncer de mama aproximadamente un 6-7 % menor por cada incremento de una desviación estándar en su ingesta. Además, las mujeres con una puntuación más alta de consumo conjunto de vitaminas del grupo B (calculada a partir de la ingesta de folato y de las vitaminas B2, B6 y B12) presentaron un riesgo un 17 % menor que aquellas con la puntuación más baja.

“Estos resultados muestran una asociación estadística, pero no permiten afirmar que consumir más vitaminas del grupo B reduzca por sí mismo el riesgo de desarrollar cáncer de mama” aclara la Dafina Petrova, investigadora co-responsable del grupo del CIBERESP.

El consumo de alcohol puede modificar esta asociación

El equipo investigador también estudió si el consumo de alcohol influía en la relación entre las vitaminas del grupo B y el riesgo de cáncer de mama. Los resultados sugieren que la asociación inversa observada entre la ingesta de estas vitaminas y el riesgo de desarrollar la enfermedad se debilita a medida que aumenta el consumo de alcohol.

El alcohol puede interferir en el metabolismo del folato y en otros procesos relacionados con la metilación del ADN, un mecanismo que interviene en la regulación de la actividad de los genes. “En cualquier caso, los resultados no deben interpretarse como que una ingesta adecuada de vitaminas compensa los riesgos asociados al consumo de alcohol” comenta José María Gálvez Navas, primer autor del estudio e investigador del CIBERESP.

El papel de los factores genéticos

El equipo investigador también analizó si la predisposición genética influía en el riesgo de cáncer de mama mediante puntuaciones que combinan información de múltiples variantes genéticas relacionadas con el metabolismo de un carbono.

Al analizar a todas las participantes, no se observó una asociación consistente entre las puntuaciones de riesgo poligénico estudiadas y el riesgo global de desarrollar cáncer de mama. Sin embargo, entre las mujeres premenopáusicas, una puntuación genética asociada a una menor expresión de determinados genes en el tejido adiposo se relacionó con un riesgo un 12% mayor de desarrollar la enfermedad.

“Este hallazgo apunta a que determinados mecanismos genéticos podrían relacionarse con el riesgo de cáncer de mama de forma diferente según el estado menopáusico. No obstante, se trata de un resultado específico que requiere confirmación en otras poblaciones” explica el equipo de investigación.

Mayor conocimiento del cáncer de mama

Por otra parte, el estudio no encontró interacciones significativas entre las variantes genéticas analizadas y los nutrientes estudiados en relación con el riesgo de cáncer de mama.

El cáncer de mama es el tumor más frecuentemente diagnosticado en mujeres. En España, se estima que en 2026 se diagnosticarán más de 38.000 nuevos casos, según la Red Española de Registros de Cáncer (REDECAN). Su desarrollo es multifactorial y está relacionado con factores genéticos, hormonales y ambientales, así como con el estilo de vida. Comprender cómo se relacionan estos factores con el riesgo de desarrollar la enfermedad resulta fundamental para avanzar en su conocimiento y prevención.

 

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Avances en el conocimiento de la transición hacia la artritis psoriásica

Con motivo del Día Mundial de la Artritis Psoriásica, que se celebra hoy, 29 de octubre, expertos han recordado que en los últimos años se ha ampliado el conocimiento sobre la transición entre psoriasis y artritis psoriásica y se han incorporado tratamientos dirigidos a distintas dianas inflamatorias. Aunque estos avances ofrecen nuevas opciones, sigue siendo necesario identificar mejor quién desarrollará la enfermedad, predecir la respuesta a los tratamientos y mejorar el abordaje de los pacientes que no responden adecuadamente.

La artritis psoriásica es una enfermedad inflamatoria crónica que puede provocar daños en las articulaciones, la columna vertebral, los tendones y otras estructuras del sistema musculoesquelético. Se estima que afecta a un tercio de las personas con psoriasis, aunque puede aparecer en diferentes momentos de la vida y presentar síntomas muy distintos entre los pacientes. “Su prevalencia en la población adulta española se sitúa en el 0,58 %, lo que equivale a más de 230.000 personas, una cifra significativa a la que se debe prestar atención y hacer hincapié en mejorar el diagnóstico precoz que, en ocasiones, se sigue demorando durante años”, señala Mireia Moreno, coordinadora del Grupo de Trabajo de Espondiloartritis de la Sociedad Española de Reumatología (GRESSER).

Avances terapéuticos y retos pendientes

Actualmente, la investigación se orienta también hacia la intervención cada vez más temprana, incluso en fases previas a la aparición de manifestaciones clínicas claras, con el objetivo de actuar antes de que se produzca daño y avanzar hacia un control más completo de la enfermedad.

De esta forma, desde la Sociedad Española de Reumatología se insiste en concienciar sobre la importancia de consultar ante síntomas persistentes y mantener una atención coordinada como pasos fundamentales para mejorar el pronóstico. “La combinación de diagnóstico precoz, tratamiento individualizado, control de las comorbilidades y hábitos de vida saludables puede contribuir a preservar la funcionalidad y la calidad de vida de las personas con artritis psoriásica”, incide Moreno.

Retraso diagnóstico de la artritis psoriásica

Pese a todo ello, el retraso diagnóstico continúa siendo uno de los principales retos. Según una encuesta a pacientes de Acción Psoriasis, la demora puede situarse en torno a los cuatro años; otras estimaciones recogidas apuntan a retrasos medios que pueden alcanzar los cinco años. “Incluso demoras más breves pueden asociarse a un mayor riesgo de daño estructural y a menores probabilidades de lograr una respuesta terapéutica adecuada”, precisa Mireia Moreno, reumatóloga del Hospital Universitari Parc Taulí.

“Otro de los retos actuales se centra en intentar bloquear su desarrollo, por lo que es necesaria la puesta en común del conocimiento entre la reumatología y la dermatología”, destaca Moreno, poniendo el foco en la necesidad de abordar las distintas manifestaciones de cada persona, controlar la actividad inflamatoria y las enfermedades asociadas, así como considerar también el impacto psicológico y laboral. También señala que “existen diferencias entre mujeres y hombres en la presentación de la enfermedad y en su respuesta al tratamiento. Algunas investigaciones describen más demora diagnóstica y una mayor carga de síntomas en mujeres”.

 

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miércoles, 28 de octubre de 2026

Un análisis de sangre mejora la detección de lesiones cerebrales tras un traumatismo

Un estudio multicéntrico dirigido por investigadores de la Universidad de Pittsburgh aporta nuevas evidencias sobre la utilidad de los biomarcadores sanguíneos para evaluar el traumatismo craneoencefálico (TCE). La investigación, publicada en la revista Journal of Neurosurgery, analiza la capacidad de dos proteínas cerebrales, GFAP y UCH-L1, para identificar lesiones intracraneales y establecer criterios objetivos de clasificación. Los resultados indican que la concentración sanguínea de GFAP durante las primeras 24 horas posteriores al traumatismo puede distinguir a pacientes con lesiones cerebrales agudas de aquellos sin alteraciones detectables mediante neuroimagen, incluso cuando la tomografía computarizada (TC) inicial resulta negativa.

Las limitaciones de la tomografía computarizada

El traumatismo craneoencefálico constituye una causa importante de mortalidad, discapacidad y deterioro funcional persistente. Aunque la mayoría de los casos atendidos en urgencias se clasifican inicialmente como leves, una proporción considerable de pacientes presenta síntomas neurológicos prolongados.

Los resultados previos del estudio longitudinal TRACK-TBI indican que más del 50 % de los participantes con traumatismo leve experimentan limitaciones funcionales un año después de la lesión.

La TC craneal continúa siendo la técnica inicial de referencia para identificar hemorragias y otras lesiones intracraneales agudas. Sin embargo, su sensibilidad resulta limitada para detectar determinadas alteraciones traumáticas, especialmente lesiones axonales y pequeñas anomalías parenquimatosas.

Según los investigadores, aproximadamente una cuarta parte de los pacientes con TC negativa puede presentar alteraciones identificables mediante resonancia magnética (RM), lo que plantea dificultades para establecer un seguimiento adecuado.

Dos proteínas permiten evaluar el daño cerebral

La investigación se centró en dos biomarcadores liberados al torrente sanguíneo después de una lesión cerebral: la proteína ácida fibrilar glial (GFAP) y la ubiquitina C-terminal hidrolasa L1 (UCH-L1).

La GFAP es una proteína estructural presente principalmente en los astrocitos, cuya liberación sanguínea refleja alteraciones del tejido glial. Por su parte, UCH-L1 es una enzima neuronal relacionada con el metabolismo proteico intracelular.

Ambos biomarcadores aumentan después del traumatismo, aunque presentan diferencias en su cinética y capacidad diagnóstica.

Los investigadores analizaron si sus concentraciones permitían distinguir entre pacientes con TC positiva, pacientes con TC negativa pero RM positiva y aquellos sin lesiones identificables mediante ninguna de las dos técnicas.

La GFAP muestra mayor capacidad discriminativa

Los resultados demostraron que la GFAP presentaba una mayor capacidad para identificar lesiones cerebrales agudas durante las primeras 24 horas posteriores al traumatismo.

Su concentración sanguínea alcanzó valores máximos aproximadamente entre las cuatro y las veinte horas, seguidos de un descenso progresivo durante los días posteriores.

En comparación, UCH-L1 mostró una menor capacidad discriminativa entre los diferentes grupos de pacientes estudiados.

Estos hallazgos respaldan la utilidad de la GFAP como indicador objetivo de lesión cerebral traumática, especialmente cuando la exploración clínica y la TC convencional no permiten establecer con suficiente precisión la existencia de daño intracraneal.

Aplicación clínica en los servicios de urgencias

La disponibilidad de pruebas rápidas realizadas con sangre completa permite obtener resultados aproximadamente en quince minutos, facilitando su incorporación a los protocolos asistenciales.

Estas determinaciones podrían complementar las reglas de decisión clínica para seleccionar pacientes que precisan TC y orientar el seguimiento de quienes presentan síntomas persistentes pese a una neuroimagen inicial normal.

No obstante, los biomarcadores no sustituyen la exploración neurológica ni permiten descartar por sí solos todas las lesiones detectables mediante RM.

Hacia una evaluación más precisa del pronóstico

Los investigadores estudian actualmente si las concentraciones de estas proteínas pueden anticipar la evolución funcional y las secuelas neurológicas a largo plazo.

La incorporación de biomarcadores sanguíneos podría mejorar la estratificación del riesgo, reducir exploraciones innecesarias y facilitar la identificación de pacientes que requieren seguimiento especializado.

Su aplicación definitiva dependerá de la validación de puntos de corte y de su utilidad clínica en diferentes poblaciones.

 

 

Fuente: EuropaPress

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martes, 27 de octubre de 2026

Un estudio español investiga sustancias en la sangre claves en la recuperación del ictus

Un estudio español investiga si determinadas sustancias presentes en la sangre podrían ayudar a conocer mejor cómo evolucionan los pacientes durante la recuperación del ictus.

El trabajo, publicado en Scientific Reports ha encontrado asociaciones entre tres posibles biomarcadores sanguíneos y aspectos de la recuperación funcional, como caminar, recuperar fuerza muscular o realizar actividades cotidianas. Los resultados abren una vía para estudiar si, en el futuro, un análisis de sangre podría complementar las evaluaciones clínicas habituales, aunque todavía no permiten predecir la recuperación individual.

El trabajo se enmarca en el estudio SMARRTS, liderado por el Grupo de Investigación en Enfermedades Neurovasculares del Vall d’Hebron Instituto de Investigación (VHIR) y la Unidad de Neurorrehabilitación y Daño Cerebral del Hospital Universitario Vall d’Hebron, en colaboración con otros centros españoles. Esta línea ha sido presentada en el reciente Congreso Nacional de la Sociedad Española de Rehabilitación y Medicina Física (SERMEF), celebrado en Barcelona.

Reparación cerebral y neuroplasticidad

Anna Rosell, investigadora sénior y responsable del grupo de enfermedades neurovasculares del VHIR, y Susana Rodríguez González, miembro de la SERMEF, especialista en Medicina Física y Rehabilitación de Vall d’Hebron, explican que el objetivo “es estudiar si determinadas moléculas sanguíneas reflejan procesos de reparación cerebral y neuroplasticidad, así como su relación con la evolución de los pacientes durante la rehabilitación”.

“Actualmente, los médicos rehabilitadores valoran la recuperación mediante escalas clínicas y pruebas funcionales que miden la movilidad, la fuerza, la marcha y la autonomía”, explican las investigadoras, quiénes destacan que «el objetivo a largo plazo es explorar si una sencilla muestra de sangre podría aportar información complementaria a la evaluación clínica convencional».

Tres posibles biomarcadores y la recuperación del ictus

La investigación es prospectiva (seguimiento en el tiempo), observacional (sin intervenir en los tratamientos) y multicéntrica (realizada en varios centros). Se analizaron 62 pacientes que habían sufrido un primer ictus y 43 personas de control. Los pacientes fueron evaluados antes de comenzar la rehabilitación y posteriormente al mes, a los tres meses y a los seis meses, combinando muestras de sangre con pruebas funcionales.

Los investigadores estudiaron cuatro moléculas relacionadas con la reparación cerebral y la neuroplasticidad, es decir, la capacidad del sistema nervioso para reorganizar sus conexiones: endostatina, GDF-10, uPA y uPAR. Los resultados señalan especialmente a tres de ellas (endostatina, GDF-10 y uPAR) como posibles biomarcadores para estudiar la recuperación.

Según detallan Rosell y Rodríguez González, “los pacientes con niveles más elevados de GDF-10 y uPAR antes de iniciar la rehabilitación presentaron posteriormente peores resultados en determinados parámetros, como la velocidad de marcha, la fuerza muscular o la función motora del brazo”.

Asimismo, explican que “una mayor disminución de endostatina durante el primer mes se relacionó con una mayor mejoría posterior en determinadas capacidades motoras y de fuerza. Por su parte, un aumento de GDF-10 se asoció con una mejor evolución de la función del brazo, la autonomía cotidiana y la capacidad de caminar. Las investigadoras advierten de que «las asociaciones observadas no demuestran que estos biomarcadores causen una determinada evolución ni permiten todavía utilizarlos para predecir individualmente la recuperación de un paciente».

Hacia una rehabilitación más personalizada

Rosell y Rodríguez González explican que, “si estos resultados se validan, los biomarcadores podrían ayudar a comprender diferentes patrones de recuperación y estudiar qué pacientes podrían beneficiarse de determinadas intensidades o estrategias rehabilitadoras. También podrían contribuir a investigar las diferencias en la respuesta a las terapias”. Esta línea cuenta, además, con investigaciones anteriores sobre la angiogenina, otra molécula sanguínea cuyos cambios se asociaron con la evolución funcional y mostraron diferencias según la intensidad del tratamiento.

No obstante, las especialistas recuerdan que “la muestra es relativamente pequeña y que el diseño observacional no permite distinguir definitivamente los cambios asociados a la recuperación natural del ictus de aquellos relacionados específicamente con la rehabilitación”. Por ello, consideran “necesario ampliar las muestras, validar los resultados en grupos independientes e incorporar otros factores clínicos y biológicos”. También destacan “la necesidad de financiación para desarrollar estudios multicéntricos de mayor tamaño”.

“El objetivo final”, como destacan las investigadoras, «no es sustituir la valoración clínica del paciente, sino añadir en el futuro una posible dimensión biológica a la evaluación de la recuperación». “Para ello, será necesario demostrar que la información aportada por estos biomarcadores mejora realmente la toma de decisiones clínicas antes de plantear su incorporación a los programas de rehabilitación”, concluyen.

 

 

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