Más de 1.000 millones de personas viven con obesidad en el mundo y se estima que la cifra superará los 2.000 millones en 2035 —una de cada cuatro personas—, según el informe World Obesity Atlas. En España, la prevalencia ronda el 24 %, y las previsiones apuntan a que alcanzará el 37 % en la próxima década, de acuerdo con el mismo informe.
El impacto clínico, social y económico de estas cifras —acompañadas de múltiples enfermedades asociadas, complicaciones y pérdida de calidad de vida— es enorme. “Las medidas no solo son urgentes, sino que requieren un cambio de paradigma”, afirma Cristina Petratti, médica de familia y especialista en obesidad con más de 25 años de experiencia, autora del libro Obesidades sin culpa. No es falta de voluntad. Es biología. Miembro de la Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad (SEEDO), insiste en que es necesario abandonar ideas obsoletas a la luz de la evidencia científica actual.
Evaluaciones más allá del IMC
Durante años la obesidad se ha reducido al Índice de Masa Corporal (IMC), pero en la práctica clínica se sabe que dos personas con el mismo IMC pueden tener riesgos distintos. Estudios como el de Francisco Rubino y colaboradores redefinen qué es la obesidad y cómo diagnosticarla, proponiendo que no solo debe hacerse con el IMC sino basándose en el exceso de grasa corporal y su impacto real en la salud del paciente. La conclusión, según Petratti, es clara: “La báscula cuenta una parte muy pequeña de la historia. Perímetro de cintura, composición corporal y perfil metabólico son los tres pilares que todo médico debería tener en cuenta para hacer una medicina de precisión en obesidad”.
Primero, tener en cuenta la distribución del tejido adiposo, el perímetro de cintura; lo decisivo no es cuánta grasa tiene una persona, sino dónde está y cómo se comporta. La grasa visceral, la que rodea el hígado, el páncreas y el intestino, es metabólicamente activa y se asocia a inflamación de bajo grado, resistencia a la insulina y mayor riesgo cardiovascular. “Una simple cinta métrica en consulta aporta más información pronóstica que muchos análisis. Medir el perímetro de cintura debería ser tan rutinario como tomar la tensión”, apunta.
Segundo, centrarse en la composición corporal, la masa muscular y la grasa, porque “no todo descenso de peso es un buen resultado”, puntualiza. Herramientas como la bioimpedancia, los test de fuerza o una valoración funcional como el test de levantarse de la silla o la fuerza de presión manual permiten saber qué está ocurriendo. “La fuerza de prensión es un marcador de salud y envejecimiento que se puede medir en consulta en un minuto”, indica.
Finalmente, el perfil metabólico básico. Con una analítica estándar se obtiene una foto del riesgo real: glucosa en ayunas y HbA1c, perfil lipídico con colesterol total, HDL, LDL y triglicéridos, transaminasas para valorar la función hepática y descartar hígado graso y, cuando está indicado, marcadores de resistencia a la insulina. Este perfil permite identificar obesidades con repercusión metabólica que de otro modo pasarían desapercibidas.
Este viraje conceptual ha sido respaldado por las principales instituciones internacionales. En 2013, la American Medical Association reconoció oficialmente la obesidad como una enfermedad crónica y, en 2016, la American Association of Clinical Endocrinologists propuso el término Adiposity-Based Chronic Disease (ABCD), enfatizando que el problema central no es el peso en sí mismo, sino la disfunción del tejido adiposo y sus complicaciones clínicas. En esta misma línea se sitúa la “Guía española para el manejo integral y multidisciplinar de la obesidad en adultos” (guía GIRO), que reúne la evidencia científica más actual y propone un enfoque que integra intervenciones nutricionales, actividad física, apoyo psicológico, así como tratamientos farmacológicos, técnicas endoscópicas y cirugía bariátrica, aconsejando dejar de hablar de obesidad en singular y comenzar a hablar de “obesidades”.
Como “recetar” ejercicio y preservar la masa muscular
El músculo no es solo un tejido que permite el movimiento, es un órgano endocrino. Durante la contracción muscular libera mioquinas, se han identificado más de 600, que actúan sobre el metabolismo, el sistema inmunológico, el tejido adiposo y el cerebro. Cuando un paciente camina, nada o levanta pesas, está enviando señales químicas a todo su organismo.
“Cualquier médico debería prescribir ejercicio como prescribe un fármaco, con indicación, dosis y seguimiento”, asegura la experta. La recomendación general combina ejercicio aeróbico, al menos 150 minutos semanales de actividad de intensidad moderada, con entrenamiento de fuerza al menos dos días por semana, pero la clave está en la individualización, adaptando el tipo, la intensidad y la progresión a la condición física, las comorbilidades y las preferencias del paciente. Desde SEEDO se ha desarrollado SEEDO GO, una plataforma para trasladar esta evidencia a la práctica clínica de forma segura y personalizada. “No es una app de fitness, es una herramienta médica”, explica Petratti.
Cada especialista debería incorporar el ejercicio como parte natural de su plan terapéutico, como ya sugieren algunos estudios. El cardiólogo sabe que el sedentarismo se asocia a mayor mortalidad que la propia obesidad y que el ejercicio mejora el perfil lipídico, reduce la frecuencia cardíaca en reposo y disminuye el riesgo de hipertensión. El ginecólogo encuentra en la menopausia un momento crítico, ya que la caída de estrógenos favorece el depósito de grasa visceral y aumenta el riesgo cardiometabólico, y el entrenamiento de fuerza es fundamental para preservar masa muscular y mejorar la sensibilidad a la insulina. El traumatólogo, por su parte, entiende que la masa muscular protege la articulación y que sin fuerza la prótesis o la rehabilitación fracasan.
En la era de los agonistas del receptor GLP-1 este punto es más relevante que nunca. No toda pérdida de peso es saludable. Cuando el descenso no se acompaña de un estímulo adecuado de fuerza y de una ingesta proteica suficiente, el organismo pierde no solo grasa, también tejido magro. Las consecuencias son directas: disminución del metabolismo basal, peor funcionalidad y mayor riesgo de recuperar el peso a medio y largo plazo. Por eso el entrenamiento de fuerza es una herramienta terapéutica importante, acompañada de un aporte proteico de 1 a 1,5 g/kg/día ajustado a cada paciente. “Por eso hablamos de alianza metabólica: la integración estratégica entre farmacoterapia, ejercicio físico, nutrición estructurada y acompañamiento conductual. El objetivo ya no es solo perder peso: es perder grasa, preservar músculo y sostener la salud metabólica en el tiempo”, apunta la experta.
Cómo explicar el ambiente obesogénico y la inflamación de bajo grado
“Un ambiente obesogénico es un entorno que promueve hábitos que aumentan el riesgo de obesidad, con ultraprocesados accesibles y baratos en cada esquina, márquetin alimentario dirigido a niños, barrios sin espacios seguros para caminar, jornadas laborales de 12 horas frente a una pantalla, estrés crónico y mal descanso”, relata la experta. Por ello, lo primero que puede hacer un profesional en prevención primaria es ponerle nombre a todo esto delante del paciente en base a la evidencia científica, según la experta. “Cuando alguien entiende que no lucha solo contra su voluntad, sino contra un entorno diseñado para que no resista, deja de sentirse culpable y empieza a poder actuar”, concluye.
En cuanto a la inflamación de bajo grado, componente central en la obesidad y en muchas enfermedades metabólicas, el tejido adiposo visceral la produce de forma silenciosa, y esa inflamación se asocia a resistencia a la insulina, diabetes tipo 2, enfermedad cardiovascular e hígado graso. “Al paciente le explico que el cuerpo está en un estado de alarma biológica permanente, aunque él no lo note. Y también le explico la buena noticia: el ejercicio físico, a través de las mioquinas que libera el músculo al contraerse, tiene un efecto antiinflamatorio directo. Comer mejor, moverse y dormir bien no son consejos de autoayuda, son intervenciones biológicas potentes”, revela.
Cómo educar en consulta sin culpabilizar
Tres recomendaciones concretas para el profesional, según Petratti. Primero, cambiar el lenguaje, hablar de “persona con obesidad”, no de “obeso”, y explicar que es una enfermedad crónica, no un fallo de carácter. Segundo, ayudar al paciente a auditar su propio entorno, qué hay en su despensa, cuántas horas pasa frente a una pantalla, cómo duerme, qué estímulos alimentarios tiene alrededor y a qué puede poner distancia, “porque a veces proteger el proceso implica modificar dinámicas que no están alineadas con el cambio”. Tercero, apoyarse en el trabajo en equipo, médico de familia, nutricionista, profesional del ejercicio físico y, cuando sea necesario, psicólogo. “El paciente con obesidad debe ser acompañado desde el inicio, igual que acompañamos a un paciente con cáncer”, apunta.
También recuerda que la prevención individual tiene un techo si no se acompaña de medidas colectivas como etiquetado frontal de alimentos, impuestos a bebidas azucaradas, formación de profesionales en trato no estigmatizante y educación en escuelas. “Países como Chile, México y Canadá ya han dado pasos importantes en esta dirección. Un médico bien informado es también una voz importante para reclamar estas medidas”, asegura.
“El resumen es sencillo: educar en prevención no es repetir ‘coma menos y muévase más’, es explicar que la obesidad es una respuesta biológica a un entorno complejo, retirar la culpa, dar herramientas concretas y acompañar desde un enfoque interdisciplinar”, concluye.
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