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viernes, 1 de mayo de 2026

Cuando el perro es el mejor amigo del niño con diversidad funcional

La terapia asistida con animales en España está experimentando un notable auge. En el contexto de la educación especial, las intervenciones asistidas con animales (IAA) pueden suponer una herramienta clínica relevante, tal y como apunta la evidencia. Aunque todavía faltan protocolos estandarizados y más investigación, los datos disponibles ya reflejan beneficios medibles en variables como la participación, el disfrute o la regulación emocional en menores con discapacidad.

Tal y como recoge la Universidad de La Rioja, la interacción entre personas con discapacidad y animales de compañía puede generar mejoras observables, especialmente en población infantil. No obstante, para poder evaluar estos resultados, es clave que las IAA se planteen como una intervención estructurada, en la que la perra o perro de intervención (PI) se incorpore como mediadora relacional y sensorial dentro de un encuadre predecible, seguro y orientado a objetivos.

Como ejemplo reciente, en el marco del programa de talleres asistidos con animales desarrollado por Dogtor Animal, destaca un proyecto realizado en el CPEE Infanta Elena de la Comunidad de Madrid, con un pilotaje de dos sesiones patrocinadas por Purina España.

Intervenciones asistidas con animales y niños con discapacidad

Vanessa Carral Portilla, psicóloga sanitaria en Dogtor Animal, explica que “las intervenciones asistidas con animales pueden tener un lugar serio dentro de la educación especial y de la salud, siempre que se hagan con rigor. No es una simple visita simpática al colegio; estamos hablando de generar oportunidades de conexión, de regulación y de participación. Muchas veces estos niños y niñas tienen pocas vías sencillas para expresar bienestar, interés o vínculo y creo que estas intervenciones pueden ser, en muchos casos, una de esas vías”.

Algunas de las claves del éxito de este tipo de proyectos pasan por contar con grupos reducidos, alta anticipación, apoyos visuales y táctiles, flexibilización del ritmo, control ambiental y posibilidad de apoyos individualizados. Todo ello para generar, en distintos grados y según el perfil del alumnado, señales de aproximación, disfrute, vínculo y una mejor disposición para la regulación y la participación, tanto en el trabajo grupal como en los apoyos individualizados.

Como agrega la psicóloga sanitaria: “A veces se piensa que las intervenciones asistidas con animales consisten en llevar a un perro a un aula para que los niños lo acaricien. Es importante remarcar que técnicamente no es eso. Cuando está bien planteado hablamos de una intervención estructurada, con objetivos, con profesionales especializados y, como lo que hemos hecho en el centro, con una lectura muy fina de lo que ocurre en cada alumno y alumna”.

Diferentes perfiles, diferentes respuestas

Una de las principales conclusiones del programa es que el valor de la IAA depende del encaje entre perfil, momento y condiciones de intervención. No constituye una llave universal, pero en aquellos alumnos en los que sí encuentra respuesta puede abrir puertas valiosas en términos de regulación, tolerancia al entorno, motivación, vínculo y disponibilidad para participar.

En el pilotaje, los datos recogidos en sesiones grupales apuntan en esa dirección: en el 44 % de los casos la participación alcanzó niveles funcionales, mientras que el disfrute se situó en rango medio-alto en el 56 % de los registros. Además, la sonrisa fue observable en casi la mitad del alumnado (48 %) y el vínculo con el animal se estableció en más de la mitad de los casos (52 %). En el 40 % de las sesiones, los alumnos llegaron a iniciar y completar la tarea propuesta.

Como recalca Carlota Blanco Fernández, directora del CPEE Infanta Elena y maestra de pedagogía terapéutica: “estas intervenciones ayudaban mucho a la regulación emocional, a la calma en estos alumnos, a la disminución de manierismos y, sobre todo, a que el perro, Lía en este caso, es un elemento motivacional que nos ayuda a favorecer la comunicación”.

En cuanto al alumnado de las aulas del proyecto de estimación basal, con afectación grave —principalmente con discapacidad motora o plurideficiencia, como parálisis cerebral o trastornos como el síndrome de Rett—, se plantearon sesiones grupales con intervención individualizada. “Se les sacaba de la silla de ruedas, se les tumbaba en camillas, el perro se tumbaba al lado y lo que sí vimos fueron signos físicos. Por ejemplo, una alumna con gran espasticidad relajaba los músculos e incluso intentaba hacer movimientos voluntarios que muchas veces es difícil ver en ella”.

Intervenciones asistidas y sostenibles en el tiempo

De forma global, la valoración del equipo fue claramente favorable: el valor del recurso para el centro alcanzó la máxima puntuación (5/5), seguido del disfrute observable (4,5/5), la adecuación del formato (4,38/5) y variables como la atención, el interés o la calma-regulación (4,25/5). La participación y la comunicación se situaron en torno a 4/5, una puntuación relevante teniendo en cuenta la brevedad del pilotaje y la complejidad del alumnado.

Para obtener un mayor beneficio, el objetivo es que estas intervenciones sean sostenibles en el tiempo como herramienta terapéutica. “El ideal es poder desarrollar un mayor número de sesiones durante el curso, de manera que se pueda considerar una terapia y no únicamente una intervención puntual, y abarcar al mayor número posible de alumnos del centro”, destaca Carlota Blanco Fernández.

Porque lo que parece un gesto pequeño, como una sonrisa, un movimiento inesperado o un intento de avanzar en la comunicación, puede acabar suponiendo una gran diferencia para los niños que más lo necesitan.

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