La microbiota intestinal está formada por billones de microorganismos que viven en el intestino y cumple un papel clave en el equilibrio del organismo. En condiciones normales, ayuda a mantener la integridad de la barrera intestinal, modula las respuestas inmunitarias y produce sustancias beneficiosas como los ácidos grasos de cadena corta (AGCC), con efecto antiinflamatorio.
Cuando aparece la disbiosis, ese equilibrio se rompe: el intestino se vuelve más permeable. Esto estimula a las células inmunes de la mucosa intestinal, que liberan moléculas inflamatorias, y permite que fragmentos bacterianos pasen a la sangre y desencadenen una respuesta inflamatoria en todo el cuerpo.
«Sabemos que las enfermedades inflamatorias se asocian con alteraciones de la microbiota intestinal. De hecho, existen algunos patrones de disbiosis que se repiten en distintas enfermedades, como la pérdida de diversidad microbiana, una menor producción de AGCC o una alteración de la barrera intestinal. Sin embargo, no podemos afirmar que la disbiosis sea la causa de estas enfermedades. Más bien, parece formar parte de un sistema complejo en el que interactúan múltiples factores, como la genética, el ambiente y la respuesta inmunitaria de cada individuo», explican a El Médico Interactivo José Antonio Cornejo García, del Laboratorio de Investigación y Unidad de Gestión Clínica (UGC) de Alergología del Instituto de Investigación Biomédica de Málaga y Plataforma en Nanomedicina (IBIMA-Plataforma BIONAND), Hospital Regional de Málaga; y Marina Pérez Gordo, directora del Departamento de Ciencias Médicas Básicas de la Facultad de Medicina de la Universidad CEU San Pablo.
En este contexto, la modulación terapéutica de la microbiota busca restaurar la diversidad microbiana y favorecer un entorno que promueva la tolerancia inmunológica.
Principales estrategias
Los citados especialistas son los autores de una revisión en la que se han descrito las principales estrategias que se están investigando actualmente para modificar la microbiota: administración de probióticos, prebióticos, simbióticos y/o postbióticos, así como el trasplante de microbiota fecal (TMF). Sin embargo, “el grado de evidencia detrás de cada una de estas estrategias es muy desigual, y muchas todavía están en fases iniciales de investigación”, apuntan los investigadores, que citan algunos ejemplos.
Entre ellos se encuentran los de esclerosis múltiple. Algunos ensayos con probióticos han observado una mejoría de determinados parámetros inflamatorios y clínicos, y el TMF ha mostrado resultados interesantes en la normalización de la permeabilidad intestinal en estudios piloto.
Por su parte, en artritis reumatoide, se ha observado que algunos tratamientos convencionales para esta enfermedad, como el metotrexato y los anti-TNF, pueden modificar parcialmente la disbiosis, aunque todavía no se sabe si estos cambios contribuyen directamente al control de la inflamación. En el caso de TFM la experiencia es todavía prácticamente anecdótica en esta patología, con un único caso publicado.
Respecto a las enfermedades oculares, los resultados con probióticos y, especialmente, con determinados postbióticos en ojo seco son prometedores. En alergia alimentaria, algunos probióticos y simbióticos, como la combinación de Bifidobacterium breve con fructooligosacáridos en fórmulas infantiles, han mostrado capacidad para modificar la microbiota y favorecer un perfil más asociado a tolerancia, aunque la evidencia sigue siendo insuficiente para establecer recomendaciones generales, debido a la heterogeneidad en el diseño de los estudios, cepas empleadas y momento de la administración.
En definitiva, el futuro de los ensayos de intervención en microbiota debe ir encaminado a una modulación personalizada de la microbiota, en la que se busque modificar determinadas funciones de la comunidad microbiana, teniendo en cuenta las características de cada individuo.
Primeros años de vida
En su opinión, dicha intervención se debe empezar a considerar en los primeros años de vida. «Este es uno de los hallazgos más consistentes en la literatura que hemos revisado. Los primeros dos o tres años de vida son un periodo crítico de diálogo entre la microbiota y un sistema inmunitario todavía inmaduro. Alteraciones en ese período temprano, como el uso de antibióticos durante el embarazo o el primer año de vida, se han asociado a mayor riesgo posterior de desarrollar asma y otras alteraciones atópicas», describen los autores del trabajo.
Un dato que les resultó especialmente interesante, y que recogen en la revisión a partir del estudio de cohorte CORAL, es que la transmisión vertical de la madre al bebé parece pesar más en el desarrollo de alergias que la exposición ambiental horizontal. Esto se observó durante las restricciones sociales de la pandemia de COVID-19, que redujeron considerablemente la exposición microbiana ambiental, sin que la prevalencia de las alergias cambiara significativamente.
Microbiota adecuada
Con respecto a cuáles son las pautas básicas para tener una microbiota adecuada, los doctores Cornejo y Pérez Gordo indican que, aunque el artículo es una síntesis de asociaciones observadas en la literatura científica y no una guía de estilo de vida, sí recoge varias pistas relevantes.
En términos generales, cuanto más diversa es la microbiota, mejor protege la barrera intestinal frente a patógenos y, por tanto, genera menor inflamación. Además, los estudios revisados identifican patrones dietéticos que se asocian con una microbiota que favorece un entorno menos inflamatorio.
Por ejemplo, una dieta con más fibra y menos productos de origen animal se asocia a mayor proporción de bacterias productoras de AGCC, que tienen un papel protector frente a la inflamación de las vías respiratorias. Del mismo modo, una dieta rica en fibra y proteína magra está asociada a menor riesgo de retinopatía diabética. También se ha observado que una dieta con bajo índice glucémico se asocia a menor riesgo de degeneración macular. Por otro lado, el uso de antibióticos en el embarazo y la primera infancia aparece repetidamente asociado a mayor riesgo de asma infantil.
El objetivo de este estudio, en palabras de sus autores, es ofrecer una visión actualizada de la evidencia sobre la relación entre microbiota y enfermedades inflamatorias y, al mismo tiempo, identificar hacia dónde debe avanzar la investigación en este campo.
Retos
En este sentido, «uno de los principales retos que pone de manifiesto el estudio es precisamente avanzar desde la descripción de alteraciones de la microbiota asociadas a una enfermedad, hacia la identificación y validación de biomarcadores reproducibles y clínicamente relevantes. Para eso, será necesario estandarizar tanto los protocolos de análisis como las intervenciones y, al mismo tiempo, integrar la información microbiana con datos metabólicos, proteómicos, epidemiológicos y clínicos», comentan.
Así, el objetivo último es avanzar hacia una medicina personalizada y de precisión, en la que el perfil microbiano y metabólico del paciente contribuya a estimar su riesgo, orientar el tratamiento y monitorizar su respuesta.
Esta idea, que se desprende de la publicación, está en línea con uno de los objetivos de la Red de Enfermedades Inflamatorias REI/RICORS, de la que parte este estudio y que trabaja en el diseño de un marco común de transferencia que favorezca la estandarización de los procesos de análisis y validación de biomarcadores y facilite su incorporación a la práctica clínica.
- Pérez-Gordo M, Álvarez-Lafuente R, Bartra J, Fernández-Nebro A, Muñoz-Cano R, Núñez R, Pérez-Sánchez N, Rodríguez-Rodríguez L, Zanón-Moreno V, Cornejo-García JA. Gut Microbiota and Inflammatory Diseases: Emerging Insights and Therapeutic Perspectives. A Report From the Spanish Inflammatory Diseases Network. J Investig Allergol Clin Immunol. 2026;36(5). doi:10.18176/jiaci.1196.
Los Dres José Antonio Cornejo García y Marina Pérez Gordo no han declarado conflicto de intereses.
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