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martes, 27 de octubre de 2026

Hábitos saludables, ¿son siempre fáciles de cumplir para todos los pacientes?

La jornada inaugural del XIX Seminario de Biomedicina, Ética y Derechos Humanos, que se celebra bajo el lema «Cuerpo, identidad y relato», ha puesto en el centro del debate los límites éticos de la medicina, la salud y el deporte.

Una de las cuestiones centrales que se discute es la necesidad de evitar que la responsabilidad sobre la salud recaiga exclusivamente en los pacientes, sin tener en cuenta sus circunstancias personales y sociales. De esta forma, un consejo de salud empieza a convertirse en presión cuando deja de ofrecer información para ayudar a las personas a tomar decisiones y empieza a establecer cómo deberían vivir siguiendo patrones rígidos, como si todos tuviéramos las mismas circunstancias, posibilidades y oportunidades.

Diferentes contextos sociales y personales de los pacientes

Así, la abundancia de recomendaciones sobre alimentación, ejercicio físico y hábitos saludables puede terminar convirtiéndose en una exigencia social que culpabiliza a los pacientes que no consiguen seguirlas. Como advierte María Cabello Salmerón, profesora de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), que pone el foco en el riesgo de transformar el cuidado de la salud en una obligación moral.

“Cuando la salud se convierte en un absoluto, en un imperativo moral, aparece la culpa y, en ocasiones, el estigma y la discriminación”, señala. A su juicio, este enfoque simplifica una realidad mucho más compleja, al atribuir a las decisiones individuales situaciones que también están condicionadas por factores biológicos, psicológicos, económicos, culturales y sociales. El problema no es recomendar hábitos saludables, sino olvidar que la salud no depende exclusivamente de la voluntad individual.

La especialista recuerda que no todas las personas disponen de las mismas oportunidades para mantener determinados hábitos. Las jornadas laborales prolongadas, las responsabilidades de cuidados, las dificultades económicas o los problemas de salud pueden limitar las posibilidades de seguir las recomendaciones. Por ello, considera que la información sanitaria debe ayudar a tomar decisiones informadas, sin convertirse en una fuente adicional de presión. “Una persona no es mejor ni peor por sus hábitos, y enfermar no significa haber fracasado en el cuidado de uno mismo”, subraya.

Formación bioética

Otra cuestión abordada en este congreso ha sido la búsqueda de recursos diversos para la formación bioética. Como se ponía de manifiesto, la medicina no se enfrenta únicamente a enfermedades, diagnósticos y tratamientos. También debe tomar decisiones que afectan a la autonomía, la dignidad, las emociones y la historia personal de cada paciente. Comprender esa dimensión humana exige algo más que conocer principios y protocolos: requiere aprender a interpretar los conflictos desde la perspectiva de quienes los viven.

En este contexto, el encuentro propone incorporar el teatro, el cómic y el cine en la formación bioética como herramientas para analizar situaciones complejas, reconocer los valores que entran en conflicto y explorar posibles respuestas. Para Benjamín Herreros Ruiz-Valdepeñas, co-coordinador científico del seminario y director del Instituto de Ética Clínica Francisco Vallés de la Universidad Europea de Madrid, las narraciones permiten acercarse a los problemas éticos desde una perspectiva distinta, que difícilmente se alcanza mediante una exposición exclusivamente teórica.

“Las narraciones ayudan a entender mejor los conflictos, sus matices, las emociones que se despiertan y las posibles soluciones”, sostiene Herreros, quien resume esta concepción con una idea que conecta la dimensión biológica y la biográfica del ser humano: “No somos paracaidistas que caemos en una situación. Somos seres biológicos y biográficos, es decir, biología y narración”.

Alimentación al final de la vida

También se ha abordado en este foro en torno a la bioética se centraba en la alimentación al final de la vida. Al respecto hablaba Helena Requejo Salinas, del Hospital Universitario Fundación Alcorcón, quien recordaba que “la hidratación artificial y el tratamiento nutricional son intervenciones médicas que, como cualquier otra, pueden tener efectos adversos y riesgos”. Asimismo incidía en que “todo ello debe hacerse respetando la voluntad de la persona”. En la fase de agonía, explica, la pérdida de apetito y sed forma parte del proceso fisiológico natural. En estas circunstancias, “la nutrición y la hidratación artificiales pueden resultar desproporcionadas, no aportar beneficios y aumentar las complicaciones”.

El dilema no es únicamente clínico. Para muchas familias, no iniciar o retirar un tratamiento nutricional puede interpretarse como una forma de abandono, debido a la dimensión emocional, cultural y religiosa que tiene la alimentación. Por eso, Requejo considera fundamental explicar adecuadamente las decisiones y priorizar el bienestar del paciente.

El objetivo es “evitar intervenciones ineficaces o desproporcionadas sin dejar de atender a la persona”. En palabras de la experta del Hospital Universitario Fundación Alcorcón, “no iniciar un tratamiento nutricional cuando ya no resulta beneficioso no significa renunciar a sus cuidados, sino orientar la atención hacia el confort y la dignidad en la última etapa de la vida”.

 

 

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