La duda de si los humanos estamos hechos para ser fieles o somos monógamos por costumbre ha acompañado a científicos, filósofos y antropólogos durante décadas. La investigación en animales ha sido clave para desmontar la idea de la monogamia como un rasgo único o universal ya que, en muchas especies, la monogamia social ha evolucionado de forma independiente, lo que indica que no se trata de un programa biológico o de un instinto único, sino de una estrategia que se da solo bajo determinadas condiciones ecológicas que la favorecen. La ciencia sigue intentando responder hasta qué punto ese patrón también explica la monogamia humana.
La literatura actual sugiere que esa dicotomía no funciona en humanos donde la monogamia se entiende mejor como una estrategia flexible, moldeada por predisposiciones al apego y por factores culturales que pueden reforzarla, limitarla o transformarla.
La pareja, un fenómeno biológico
Una de las líneas de investigación más aceptada en neurociencia social identifica varios sistemas cerebrales implicados en el vínculo de pareja. Esta teoría no respalda la existencia de un “gen de la monogamia”, pero describe una red de mecanismos neurobiológicos que favorecen la formación y el mantenimiento de los vínculos afectivos.
Entre esos mecanismos destacan los circuitos de recompensa y apego, así como hormonas y neurotransmisores como la dopamina, la vasopresina o la oxitocina; y procesos de regulación genética y epigenética asociada al vínculo de pareja. Estos sistemas, implicados también en el apego entre madre y cría en otras especies, se habrían reutilizado a lo largo de la evolución para favorecer vínculos de pareja duraderos.
No obstante, los investigadores insisten en interpretar estos hallazgos de manera prudente, ya que esos mecanismos facilitan el apego y la estabilidad de pareja, pero no determinan la exclusividad sexual ni un único modelo de relación. En otras palabras, el cerebro humano parece estar preparado para crear vínculos afectivos, pero no para imponer una única forma de organización de la pareja.
Monogamia, una estructura evolutiva
En el reino animal, la monogamia es una estrategia relativamente rara que ha surgido de forma independiente en distintos linajes, lo que sugiere que no responde a un único mecanismo evolutivo, sino a diferentes presiones como el cuidado de las crías, la defensa del territorio, la escasez de recursos o la reducción de conflictos reproductivos.
En un estudio recogido en Scientific Reports sobre topillos de la pradera, se ha observado que el emparejamiento estable no altera ni frena directamente el envejecimiento epigenético, aunque sí detectaron marcas de ADN medibles asociadas al vínculo de pareja en varios genes. Ese dato ha revelado que el apego, además de ser un comportamiento observable, tiene correlatos biológicos detectables, aunque eso no implique que haya un determinismo genético del comportamiento humano.
Otro trabajo experimental de 2025 evidenció que los sistemas de apareamiento pueden influir en inversión biológica destinada a la reproducción en ambos sexos. En modelos de insectos, por ejemplo, la monogamia modificó la asignación de recursos a los tejidos reproductivos, lo que indica que el tipo de sistema de pareja puede dejar una “huella evolutiva” medible. Los autores concluyen que la monogamia no es un interruptor biológico único, sino una interacción entre la conducta, la fisiología y la selección natural.
En primates, las hipótesis clásicas han sido revisadas varias veces; la más conocida es la del infanticidio, aunque no explica por sí sola la aparición de la monogamia en todos los casos. Hoy se defiende una visión más integradora que sugiere que la monogamia puede surgir por múltiples presiones simultáneas dependiendo de la estirpe y del entorno ecológico. Esto implica que no existe una causa universal, sino combinaciones variables de factores como la distribución de recursos, la necesidad de cooperación en la crianza o la competencia reproductiva, lo que evita interpretaciones simplistas tanto biológicas como culturales. En definitiva, la evidencia apunta a que la monogamia no es una “esencia evolutiva” del ser humano, sino una estrategia que puede resultar adaptativa bajo determinadas condiciones ecológicas y sociales.
Humanos: apego, cultura y normas sociales
En el caso de los humanos, la complejidad aumenta. La evidencia acumulada en la antropología evolutiva y la psicología comparada distingue tres niveles: la monogamia social, la sexual y la genética. Esta distinción evita asumir la idea de que convivir en pareja implica exclusividad sexual o ausencia de descendencia fuera de la relación, una confusión frecuente. La forma más común en las sociedades humanas estudiadas es la monogamia social, entendida como la formación de parejas estables que cooperan en la crianza y la vida cotidiana. Sin embargo, esta forma también presenta grandes variaciones según la cultura, el contexto económico, las normas sociales y la trayectoria vital de cada persona.
Además, la historia humana ha incluido sistemas poligínicos, arreglos familiares diversos y normas muy distintas sobre la fidelidad, la convivencia y la reproducción. Por eso, la ciencia actual habla de vínculo de pareja antes que de monogamia como categoría cerrada porque permite distinguir entre el impulso a formar una relación diádica y la manera concreta en que una sociedad organiza la vida en pareja.
Un análisis comparativo que analizó más de un centenar de sociedades humanas y especies de mamíferos muestra que los humanos se sitúan dentro de un rango compatible con la monogamia social, pero sin una uniformidad global. Esto significa que la estructura de pareja humana no es fija ni homogénea, sino altamente dependiente del contexto. Otro trabajo publicado en International Review of Psychiatry (2023) refuerza esta idea al mostrar que las diferencias individuales en comportamiento relacional no pueden explicarse únicamente a causa de los genes ni tampoco por la cultura. En su lugar, apuntan a una interacción entre predisposiciones biológicas y aprendizaje social, moduladas por normas culturales y condiciones ambientales. Este enfoque supone un giro en la forma de entender cómo se organizan las relaciones de pareja en nuestra especie y qué parte de esa organización es flexible, aprendida o modulada por el entorno.
Lo que aporta la investigación reciente
En los últimos tres años, el avance no ha consistido en demostrar algo radicalmente nuevo, sino en afinar las piezas del rompecabezas. Un estudio de 2024 en animales desarrolló relojes epigenéticos muy precisos que se asociaban a cambios en genes concretos vinculados al vínculo de pareja. En 2025, otro trabajo en animales mostró que la monogamia puede alterar la inversión en tejidos reproductivos.
Entre las contribuciones más recientes destaca un estudio publicado en Scientific Reports (2025), con la participación de autores españoles de la Estación Biológica de Doñana (CSIC), centrado en cómo la monogamia modifica la inversión en tejidos reproductivos bajo selección sexual intensa. Aunque no estudia humanos, sí aporta una pieza valiosa al debate evolutivo sobre qué costes y beneficios puede tener la monogamia en mamíferos y aves.
El valor de estos estudios comparativos radica en que permiten analizar qué presiones favorecen la aparición de la monogamia sin trasladar automáticamente esos resultados al comportamiento humano. Aunque no responden de forma directa a si somos monógamos “por naturaleza”, ayudan a entender cómo evolucionan los sistemas de pareja.
¿Entonces, somos monógamos por naturaleza?
La evidencia disponible no permite afirmar que los seres humanos seamos monógamos por naturaleza en un sentido estricto, pero tampoco respalda la idea de que la monogamia sea únicamente una construcción cultural. Lo que muestran los estudios es un patrón mixto en el que existe una capacidad biológica para formar vínculos afectivos de pareja estables, pero la manera en la que esos vínculos se construyen, mantienen o terminan depende en gran medida de factores sociales, culturales, económicos e históricos.
Quizá la pregunta nunca fue si los seres humanos somos monógamos por naturaleza o por costumbre, sino por qué seguimos buscando una única respuesta. La evidencia científica disponible apunta a que la capacidad de formar vínculos de pareja forma parte de nuestro ADN, pero la manera en que esos vínculos se viven depende de otros factores, por tanto, se podría decir que en la monogamia humana, biología y cultura nunca han dejado de ir de la mano.
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