Los disruptores endocrinos interfieren con el sistema hormonal del organismo, y lo hacen de tres formas: imitando a las propias hormonas y ocupando sus receptores, bloqueando la señal hormonal natural, o alterando la síntesis, el transporte y el metabolismo hormonal, tal y como explica a EL MÉDICO INTERACTIVO Sonia Almela, fundadora del Endocrinology Observatory, que participa en el I Congreso Internacional sobre Disruptores Endocrinos y Salud Femenina, que se está celebrando en Barcelona. “Lo que los hace especialmente peligrosos no es su toxicidad inmediata, sino su capacidad de actuar a concentraciones muy bajas, de forma acumulativa, a veces durante décadas, sin que la persona lo perciba. Eso es lo que los hace tan difíciles de detectar y tan fáciles de ignorar”, señala.
Cuando un disruptor interfiere en el sistema endocrino altera la señal que coordina muchos procesos a la vez. Por eso, “las consecuencias pueden ser tan diversas como desajustes tiroideos, problemas metabólicos, dificultades reproductivas, inflamación persistente, pubertades prematuras, menopausias precoces, endometriosis… o un envejecimiento más acelerado de lo esperado. Cuadros muy distintos que comparten una misma raíz que nadie está buscando”, apunta la especialista.
Cambios epigenéticos
También hay que tener en cuenta que los disruptores endocrinos pueden inducir cambios epigenéticos. Esto significa que una exposición durante el embarazo no solo puede influir en el hijo, sino en cómo se desarrollará en el futuro. Por eso, se habla de ventanas de especial vulnerabilidad con los disruptores endocrinos, como son el embarazo, la lactancia, la pubertad. “Son momentos en que el organismo está en pleno desarrollo hormonal y cualquier interferencia puede dejar una gran huella, mucho más profunda de lo que imaginamos. No es una exposición puntual y ya está, es una exposición que guarda memoria”, asegura Sonia Almela.
Así, los efectos epigenéticos que se mantienen durante generaciones son la metilación del ADN, las modificaciones de histonas y la regulación por ARN no codificante; son los mecanismos mejor documentados. Los disruptores alteran estos patrones en los espermatozoides y los óvulos, y esa información epigenética alterada se transmite a la descendencia.
Lo que vemos en modelos experimentales es llamativo: descendientes de madres expuestas a disrupción endocrina durante la gestación muestran alteraciones metabólicas, reproductivas e inmunes sin haber tenido ninguna exposición directa. Y en algunos casos esas alteraciones persisten hasta la tercera generación.
Diagnóstico y prevención
En su opinión, su aplicación clínica pasa por cambiar el marco diagnóstico. “Cuando en consulta vemos una paciente con fatiga crónica sin causa orgánica, aumento de peso inexplicable, ansiedad o depresión que no responde al tratamiento, pérdida de cabello, reglas irregulares, endometriosis, SOP (Síndrome de Ovario Poliquístico), problemas de fertilidad, pubertad precoz en sus hijos, hipotiroidismo subclínico… o simplemente una paciente que no está bien y las analíticas son normales, la exposición acumulada a disruptores endocrinos debería formar parte de la anamnesis. Con la misma naturalidad que preguntamos por la alimentación, el sueño o el estrés”.
En cuanto a prevención, la primera línea de actuación y más urgente es reducir la exposición en las ventanas críticas. “Son los momentos en que el sistema endocrino está en formación y los efectos de cualquier interferencia pueden ser permanentes y transgeneracionales”, comenta la especialista.
La segunda es la educación del profesional sanitario. No como opción, sino como obligación. “Somos responsables de formarnos y eso implica también entender todas las vías de entrada, como la alimentación, el aire, el agua, lo que se inhala, lo que se aplica sobre la piel, y evaluar la carga acumulada real de cada paciente”.
La tercera es exigir que la regulación evolucione a la velocidad de la ciencia. «Hoy existe un desfase enorme entre lo que la investigación demuestra y lo que la normativa exige». La cuarta línea es la investigación. “Necesitamos estudios que conecten la exposición crónica a disruptores con los cambios epigenéticos transmisibles, con los marcadores clínicos observables y con las patologías que estamos viendo crecer, como la endometriosis, PCOS, hipotiroidismo, infertilidad, pubertad precoz y cánceres hormonodependientes”.
Conflictos de intereses. La Dra. Sonia Almela es fundadora del Endocrinology Observatory y de ME AND ME. Su trabajo se centra en la intersección entre endocrinología cutánea, seguridad cosmética y salud femenina.
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