Los trastornos neurológicos son ya la tercera causa más común de discapacidad y muerte prematura en la Unión Europea, y su impacto no hará sino crecer a medida que envejece la población. En este contexto, el avance de la neurociencia se sitúa en el centro del debate sanitario, no solo por su relevancia científica, sino por su impacto directo en los sistemas de salud.
Como exponía Tomás Cobo, presidente de la OMC en la presentación del nuevo informe del Consejo Español del Cerebro (CEC) , que analiza la evolución del sector entre 2014 y 2024, “1 de cada 2 personas van a tener un trastorno cerebral a lo largo de su vida, destacando el deterioro cognitivo”. Por lo que la pregunta es si estamos pensando en el futuro que viene.
En términos globales, según datos del INE, el gasto en I+D interna aumentó un 15,8 % en 2023 y alcanzó los 22.379 millones de euros, el 1,49 % del PIB . En paralelo, el informe, patrocinado por la Fundación Ramón Areces, el Instituto de Investigación e Innovación de Cádiz (INiBICA) y Merck, muestra que la financiación pública en neurociencia se ha duplicado en la última década, alcanzando aproximadamente 1.400 millones de euros, con un impulso especialmente significativo entre 2021 y 2024. Este crecimiento procede fundamentalmente del sector público, en gran medida vinculado a los fondos europeos del Mecanismo de Recuperación y Resiliencia. Pese a ello, España se sitúa solo entre los diez primeros países en producción de investigación en salud cerebral.
Este patrón puede estar relacionado con factores estructurales, como el menor liderazgo en colaboraciones internacionales o la propia composición del sistema investigador. No obstante, el aumento de la colaboración internacional en la última década constituye una oportunidad para mejorar la visibilidad y el posicionamiento científico, aunque también podría reflejar una mayor dependencia de la financiación europea.
Investigar más en neurociencia, pero también investigar mejor
No obstante, más allá del volumen de publicaciones o ensayos, el reto en neurociencia también es cualitativo. Como exponía Belén González Callado, comisionada de Salud Mental, “No es cuánto investigamos o cuántos artículos producimos, sino qué tipo de conocimiento estamos generando y a qué problemas sociales estamos dando respuesta”.
En esta línea, incidía en que otro dato especialmente relevante es el crecimiento de la financiación pública para esta investigación, un modelo que permite generar conocimiento libre de intereses. “Como instituciones, nos tenemos que comprometer con este objetivo”.
Por su parte, Mara Dierssen, presidenta del Consejo Español del Cerebro (CEC), insistía en la necesidad de profundizar en el conocimiento del cerebro y en el concepto de capital cerebral como eje estratégico.
Retos y desigualdades
El análisis del CEC también identifica desafíos clave, entre ellos la desigualdad territorial. Más del 60% de la financiación se concentra en Cataluña y Madrid, y el 85 % en solo cinco comunidades autónomas, lo que evidencia la falta de cohesión del sistema y la necesidad de fortalecer capacidades en otras regiones. No obstante, el informe señala que aquellas comunidades que han apostado por nuevos centros y políticas de atracción de talento han mejorado su capacidad para captar financiación competitiva.
En cuanto a las áreas de investigación, aunque España mantiene una alta dedicación a la enfermedad de Alzheimer, se observa un desplazamiento progresivo hacia patologías de alta carga social como la ansiedad o la migraña, así como un repunte de la inversión en el ámbito pediátrico, especialmente en trastornos de la discapacidad intelectual y del espectro autista. A pesar de ello, persisten déficits importantes en patologías psiquiátricas, que continúan infrarrepresentadas en la agenda científica.
En este contexto, Esther Berrocoso, vocal del CEC, advertía: “Es fundamental impulsar una estrategia que no deje atrás a los trastornos más complejos y estigmatizados, y que permita avanzar en su comprensión y tratamiento”.
La dedicación de España a la investigación pediátrica también es ligeramente inferior a la de los países de referencia. Sin embargo, la financiación ha aumentado en los últimos años y, aunque su impacto en la producción científica aún no se refleja plenamente, de mantenerse el nivel de interés registrado, el país podría estar bien posicionado para reducir esa brecha.
España ha logrado consolidar una base científica sólida en neurociencia y aumentar de forma significativa su inversión en la última década. Sin embargo, el desafío ya no es solo crecer, sino sostener ese impulso y traducirlo en mayor en, cohesión territorial y capacidad de liderazgo internacional y sobre todo, en una traducción de valor social.
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