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viernes, 23 de enero de 2026

Dislipemias: la guía europea se adapta “a los avances vertiginosos” de la ciencia

La Sociedad Europea de Cardiología (ESC, por sus siglas en inglés) ha presentado la Actualización 2025 de la Guía ESC 2019 sobre el manejo de las dislipemias. “Se trata de una actualización necesaria y demandada por el colectivo médico, puesto que las guías que estábamos manejando eran de 2019, y la ciencia, que avanza de forma vertiginosa, exige unas recomendaciones que contemplen las novedades más recientes”. Así lo ha indicado Javier Mora Robles, cardiólogo del Hospital Regional Universitario de Málaga y presidente electo de la Asociación de Cardiología Preventiva de la Sociedad Española de Cardiología (SEC). Por tanto, su valoración es “en general, positiva”.

“Creo que los profesionales de la salud y de los medios de comunicación debemos trabajar juntos para lograr que la población reciba una información veraz y contrastada en lo referente a los lípidos y sus tratamientos. Debemos evitar que se difundan mitos o noticias falsas procedentes de fuentes no formadas en la materia, y que puedan tener un efecto negativo en la salud de las personas”, ha apuntado el especialista.

¿Qué evidencias científicas han motivado esta actualización?

Las novedades más importantes tienen que ver con una mejor estratificación del riesgo, la aparición de nuevas terapias y el cambio de paradigma en el manejo de la dislipemia en el síndrome coronario agudo desde el ingreso. Igualmente, se hace eco de nuevos ensayos clínicos de impacto por demostrar beneficio cardiovascular en poblaciones específicas, como los pacientes con intolerancia a estatinas, o la población con VIH. El Grupo de Trabajo formado por expertos en la materia, ha revisado los nuevos estudios y metaanálisis, hasta incluir más de 130 referencias bibliográficas.

Las recomendaciones incorporan SCORE2 y SCORE2-OP para estimar el riesgo cardiovascular a 10 años. ¿Cómo cambia esto la evaluación clínica del riesgo frente al sistema SCORE previo?

Estas nuevas tablas de estratificación de riesgo aportan una novedad muy importante: no sólo estiman la mortalidad, como se hacía previamente mediante SCORE, sino que SCORE2 (para población de 40 a 69 años) y SCORE-OP (a partir de 70 años y hasta 89 años) estiman también el riesgo de eventos no fatales (infarto de miocardio e ictus) a 10 años.

Otra aportación es que emplean para calcular el riesgo el colesterol no-HDL en lugar del LDL, e incluyen todas las partículas aterogénicas, aquellas que van transportadas por Apo B. Por último, las tablas están calibradas para los diferentes países según su riesgo de enfermedad cardiovascular. Estos se clasifican en bajo, medio, alto o muy alto riesgo. Con estas aportaciones se puede estratificar mejor el riesgo en personas aparentemente sanas con mayor fiabilidad.

¿Qué ventaja clínica tiene integrar modificadores de riesgo como el calcio coronario o niveles elevados de Lp(a) en la estratificación del riesgo?

Sabemos que hay elementos que incrementan el riesgo cardiovascular y que no están contemplados en las tablas de estratificación de riesgo. Son los que denominamos modificadores de riesgo. Entre los más importantes están el tener antecedentes familiares de cardiopatía isquémica precoz, tener elevada la lipoproteína (a) o tener calcio coronario en un TAC. Pero hay otros como el sedentarismo, la enfermedad mental, la apnea del sueño o la obesidad-adiposidad. Incluir estos modificadores de riesgo a la hora de estratificar el riesgo puede suponer un cambio de actitud y de intensidad en las medidas de prevención o en el empleo de ciertas terapias como los hipolipemiantes. Esta valoración global consigue una medicina más precisa y personalizada.

Los objetivos de LDL‑C se mantienen respecto a 2019. ¿Considera que estos objetivos son adecuados según la evidencia actual? ¿Por qué?

Las evidencias de estos años, con metaanálisis y estudios-registros de vida real, apoyan que el objetivo de control sea alcanzar un LDL < 55 mg/dl en todo paciente con enfermedad vascular aterosclerótica, e incluso un objetivo de LDL < 40 en aquellos pacientes considerados de riesgo extremo (por ejemplo los que tienen un nuevo infarto en los primeros dos años o afectación vascular de varios territorios). La realidad es que, a pesar de las terapias disponibles, el porcentaje de pacientes que alcanzan estas cifras es aún bajo. Creo que no sería realista exigir niveles aún más bajos, aunque pudieran ser igualmente beneficiosos.

En pacientes con síndrome coronario agudo, ¿cómo ha cambiado el enfoque terapéutico en relación con la reducción intensiva de LDL‑C?

En esta actualización hay un cambio de estrategia. De la recomendada en 2019 que era “paso a paso”, añadiendo el tratamiento hipolipemiante poco a poco, por escalones (primero estatinas, posteriormente ezetimibe, etc.) hemos pasado a una estrategia más agresiva (strike early and strong). De este modo, se recomienda iniciar tratamiento con la intensidad necesaria para alcanzar los objetivos lo antes posible. Se debe evitar la demora y la posible inercia terapéutica. Se hace hincapié en el empleo, si fuera necesario, de terapias no estatínicas con evidencia de reducción de eventos demostrada, como serían bempedoico y los iPCSK9. Además, se incluye como recomendación (tipo IIa) el iniciar ya durante la hospitalización una terapia combinada con estatina y ezetimibe.

La guía contempla la medición de Lp(a) al menos una vez en la vida. ¿Qué valor clínico aporta esta medición en la práctica diaria y en qué casos es esencial?

La medición de Lp(a) se debe realizar en todo paciente con evento coronario una vez en la vida. Se sabe que esta lipoproteína tiene en un 90 % un origen genético y sus valores, en general, varían poco a lo largo de la vida (sí podría subir con la menopausia), por eso medirla una vez sería suficiente. Sabemos que niveles por encima de 50 mg/dl se asocian a riesgo de arteriosclerosis, trombosis y estenosis aórtica. Su origen genético podría explicar la aparición de síndromes coronarios agudos en pacientes jóvenes sin otros factores de riesgo “tradicionales”, y, del mismo modo, puede ser de interés su determinación en familiares (hijos, hermanos) del paciente, con el objetivo de incrementar medidas de prevención. De momento, no disponemos de terapias específicas para Lp(a), pero ya hay fármacos en fases muy avanzadas de desarrollo.

¿Cree que la nueva evidencia sobre triglicéridos cambiará el manejo rutinario en Atención Primaria o Cardiología clínica?

Desde hace años hay evidencia sólida sobre el riesgo de arteriosclerosis asociado a los triglicéridos. Sin embargo, tradicionalmente se les ha prestado menos atención por dos motivos: por un lado, nos hemos centrado en tratar colesterol LDL, y por otro, no disponíamos de terapias que, además de bajar las cifras de triglicéridos, redujeran los eventos cardiovasculares. Esto ha cambiado desde la publicación del estudio REDUCE-IT, en el que el icosapento de etilo, un éster derivado de un omega 3 altamente purificado, demostró que más allá de reducir triglicéridos reducía los eventos cardiovasculares (MACE-5) con un interesante efecto antiinflamatorio y antitrombótico. En esta actualización de las guías lo incluyen en las recomendaciones (nivel IIa), por lo que es de esperar que su empleo se incluya en la práctica clínica, tanto en Atención Primaria, como en Cardiología.

¿Cómo se adapta la guía a poblaciones especiales como pacientes con VIH, pacientes oncológicos o adultos mayores?

La actualización incluye los resultados positivos (reducción del 35 % de eventos) del estudio REPRIEVE con pitavastatina en pacientes con VIH, una población de especial riesgo de arteriosclerosis, e incluye ésta como recomendación Ib. En la población oncológica se recomienda el empleo de estatinas para prevenir la cardiotoxicidad de los tratamientos con antraciclinas en pacientes con riesgo alto/muy alto de padecer este daño, recomendación basada en los resultados de cuatro ensayos clínicos aleatorizados. Y, por último, en pacientes mayores la actualización los incluye en la estratificación de riesgo mediante el SCORE2-OP, diseñado para población de entre 70 y 89 años, antes no incluidos en las tablas SCORE.

¿Qué recomendaciones adicionales serían útiles para pacientes con hipercolesterolemia familiar?

En la estratificación de riesgo los pacientes con hipercolesterolemia familiar (HF) son considerados como mínimo de alto riesgo, y, si tienen algún otro factor de riesgo cardiovascular ya pasarían a ser de muy alto riesgo, lo que determina unos objetivos de control iguales a los marcados para pacientes con enfermedad cardiovascular establecida.

También se incluye como novedad evinacumab, un anticuerpo monoclonal contra ANGPTL3, como tratamiento en pacientes con hipercolesterolemia familiar homocigota (recomendación clase IIa, nivel B), proporcionando una reducción de LDL en un 50 %, incluso en casos refractarios, lo que viene a cubrir una carencia previa.

¿Qué parámetros clínicos y de salud pública deberían monitorizarse para evaluar el impacto de esta actualización en los próximos años?

En primer lugar, deberíamos mejorar el porcentaje de pacientes cardiovasculares que alcanzan los objetivos de control de LDL previstos en cada caso. Los registros actuales muestran unas cifras muy pobres y considero que disponemos de herramientas para conseguirlo. Si se lograra este objetivo deberíamos asistir a una reducción de eventos recurrentes en pacientes coronarios, y, del mismo modo, a una reducción del primer evento si se optimizan los tratamientos en prevención primaria. Sería igualmente interesante monitorizar el grado de adherencia del colectivo médico a estas recomendaciones y las posibles barreras para su cumplimiento.

 

Javier Mora Robles ha declarado no tener conflictos de interés.

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jueves, 22 de enero de 2026

Se dan a conocer nuevas fechas de paro indefinido para la profesión médico

El Comité de Huelga formado por la Confederación Española de Sindicatos Médicos (CESM), junto al Sindicato Médico Andaluz (SMA), Metges de Catalunya (MC), la Asociación de Médicos y Titulados Superiores de Madrid (AMYTS), el Sindicato Médico de Euskadi (SME) y el Sindicato de Facultativos de Galicia Independientes (O’MEGA) ha acordado este jueves anunciar la convocatoria de paro indefinido de médicos y facultativos que comenzará el próximo 16 de febrero para seguir adelante con las movilizaciones contra el borrador de Estatuto Marco del Ministerio de Sanidad.

Tras ampliar los miembros del mencionado Comité de Huelga para aglutinar a todos los sindicatos profesionales más representativos del territorio nacional y unificar las acciones que se emprendan con el objetivo de lograr un estatuto propio del médico y el facultativo, el formato acordado para estos paros es el de una semana de paro indefinido  al mes, que comenzará en febrero y se alargará, en principio, hasta el mes de junio como primera etapa. Así, los paros están convocados para la semana del 16 al 20 de febrero, del 16 al 20 de marzo, del 27 al 30 de abril, del 18 al 22 de mayo y del 15 al 19 de junio.

Paro indefinido y una movilización

Además, como pistoletazo de salida a las movilizaciones, se ha decidido llevar a cabo una manifestación unitaria el sábado 14 de febrero en la que profesionales de todas las comunidades autónomas muestren de nuevo en Madrid por qué el colectivo se ha posicionado de forma unánime en su rechazo a la norma ministerial, reclamando una regulación apropiada para sus especiales condiciones de formación, responsabilidad y desempeño laboral.

Los sindicatos que conforman el Comité de Huelga han querido insistir una vez más en que mantienen su mano tendida al diálogo con la esperanza de que Sanidad reconsidere retomar las conversaciones que permitan avanzar conjuntamente en la búsqueda de acuerdos para mejorar las condiciones laborales de los profesionales.

Sin embargo, recuerdan que las reivindicaciones del colectivo afectan tanto al ministerio que dirige Mónica García como a otras carteras, a los Grupos Parlamentarios y a las distintas consejerías de salud autonómicas, por lo que reclaman que cada actor se haga cargo de su competencia para atender las demandas médicas y facultativas que permitan mantener un Sistema Nacional de Salud sostenible, eficiente y de calidad para profesionales y pacientes.

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Lo que puede aportar la hospitalización domiciliaria en el paciente crónico complejo

Las unidades de hospitalización a domicilio atienden a un perfil de paciente complejo, vulnerable, pluripatológico, frágil y con necesidades paliativas, lo que posiciona a estas unidades de hospitalización domiciliaria como una estrategia a reforzar para el manejo integral del paciente crónico complejo. Esta es la conclusión de la ponencia ‘Primeros datos del estudio DOMICON, el paciente crónico y pluripatológico en HAD’, presentada dentro de la sesión ‘Nuevos Retos en HAD. Seguimos Avanzando’, en el marco del 46ª Congreso Nacional de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI).

En concreto, el estudio DOMICON (Estudio de Cuidados de Hospitalización a Domicilio de Pacientes con Necesidades Crónicas Complejas de Salud) es una iniciativa de la SEMI y la Sociedad Española de Hospitalización a Domicilio (SEHAD), en marcha desde noviembre de 2024 que aporta resultados preliminares basados en una muestra de 2.052 pacientes crónicos complejos en régimen de hospitalización a domicilio.

En el mismo han participado 32 unidades de hospitalización domiciliaria de 12 comunidades autónomas, dentro de las cuales Madrid, Cataluña y Galicia han tenido una participación más destacada. Según datos preliminares del estudio DOMICON, de los 2.052 pacientes ingresados en las unidades de hospitalización domiciliaria, el 54,4 por ciento son hombres y el 45,6 por ciento, mujeres.

Hospitalización domiciliaria

“Este estudio ha demostrado que los pacientes ingresados en atención hospitalaria domiciliaria no son tan diferentes de los pacientes en hospitalización convencional. Hasta ahora, no se había realizado un estudio científico de estas características en el que se demostrara que los pacientes ingresados en el domicilio son de tanta complejidad como los pacientes en una planta de hospitalización convencional”, destacaba Isabel Torrente Jiménez, internista en el Hospital Universitario Parc Taulí, de Sabadell (Barcelona) y coordinadora de esta investigación.

En cuanto a los datos más destacados, de este trabajo se desprende que el 68,4 por ciento de los pacientes son crónicos complejos, con una edad mediana de 81 años.En su mayoría, provienen de las plantas de hospitalización convencional y de Medicina Interna, con una enfermedad aguda que permite atenderlos en el domicilio; el 57 por ciento de los pacientes presentan una polifarmacia extrema, de más de 10 fármacos, con una mediana de 11 fármacos; casi el 70 por ciento de la cohorte son pacientes frágiles; en más de un 50 por ciento se han identificado necesidades de atención paliativa; y, además, casi un 40 por ciento de los pacientes tienen un Profund =0 o mayor de 11 puntos.

Ante estos datos, Isabel Torrente Jiménez concluía: “Los pacientes candidatos a ser atendidos en régimen de hospitalización domiciliaria deben ser muy bien seleccionados en el hospital, donde se comprueba que la agudización de la enfermedad por la que requieren ser hospitalizados pueda ser manejada en el domicilio”.

 

 

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¿Es realmente terapéutico recibir un diagnóstico o genera ansiedad?

Hay personas que pasan años recorriendo consultas con una sensación persistente: algo no va bien, pero nadie sabe decirles qué. Cuando por fin le ponen nombre a lo que les ocurre, muchos describen el momento como un punto de inflexión. Duermen mejor, dejan de culparse, sienten que, al menos, el problema tiene forma y pueden buscar solución. Son muchas las personas que consideran que poner nombre a lo que les pasa ya es empezar a curar.

Pero no es un sentimiento, sino que se trata de un hecho que se ha podido corroborar, en especial en el caso de las enfermedades raras donde el diagnóstico a veces tarda incluso años en llegar. Sin embargo, la ciencia invita a mirar esa convicción con matices. Y es que no existe evidencia científica que pruebe de manera medible que el diagnóstico por sí solo, sin intervención adicional, tenga un efecto terapéutico.

Lo que sí se ha constatado es que el diagnóstico es un acontecimiento vital que puede aliviar o inquietar, abrir puertas o cerrarlas, cuidar o dañar. Para algunos pacientes supone el acceso a un tratamiento, la legitimación del sufrimiento y el encuentro de una red de apoyo. Para otros, activa miedos, estigmas y etiquetas, y puede desencadenar una serie de pruebas y tratamientos que no siempre mejoran su salud. Todo va a depender de qué enfermedad se diagnostica, a quién, cuándo y, sobre todo, cómo se comunica.

Efectos ambivalentes del diagnóstico

Un estudio desarrollado por Brooke Altmann y su equipo, publicado en PLOS Mental Health (2024), analiza cómo cambia la percepción social cuando a una persona con síntomas leves de malestar psicológico se le añade una etiqueta diagnóstica. A través de dos experimentos, los participantes evaluaban breves descripciones de casos cercanos al umbral clínico. Los autores observaron que la presencia de un diagnóstico aumentaba la empatía y la percepción de que esa persona necesitaba y merecía apoyo profesional. La etiqueta, en ese sentido, legitimaba el sufrimiento y hacía más comprensible la búsqueda de ayuda.

Sin embargo, el diagnóstico también tenía efectos menos favorables. Los mismos participantes tendían a ver a las personas diagnosticadas como con menos control sobre su problema. Y con menor probabilidad de mejorar por sí mismas, lo que podía reforzar una visión más pasiva o crónica del malestar.

Los autores interpretan estos resultados como un ejemplo de los efectos ambivalentes de la expansión de los diagnósticos en salud mental. Y es que pueden facilitar el acceso a cuidados y comprensión, pero también moldear expectativas y narrativas que no siempre favorecen la autonomía ni la recuperación.

Áreas en las que impacta el diagnóstico

Otro estudio realizó una revisión sistemática de más de 140 investigaciones cualitativas (2021) para identificar las consecuencias de recibir un diagnóstico en múltiples patologías y niveles de gravedad, excluyendo el cáncer. El examen se hizo desde diferentes perspectivas: la persona diagnosticada, su familia o cuidadores, los profesionales sanitarios y la comunidad.

A partir de ese análisis, los autores desarrollaron un marco temático que identificaba cinco áreas de impacto: el efecto psicosocial, con reacciones tanto positivas (alivio, comprensión, validación, acceso a recursos) y negativas (aumento de angustia, estigma, restricciones de rol, sobretratamiento); el apoyo que se genera o se modifica tras el diagnóstico; la planificación del futuro; los cambios en conductas saludables o no saludables: y las expectativas de tratamiento que surgen al recibir un diagnóstico.

Este estudio concluyó que un diagnóstico no es un simple marcador clínico, sino que para muchas personas representa la validación de sus experiencias y facilita la búsqueda de ayuda, pero también puede generar ansiedad, estigma o expectativas distorsionadas sobre el tratamiento y la recuperación. Además, la búsqueda de apoyo puede intensificarse o debilitarse según el contexto social y familiar, y la perspectiva de los profesionales influye en cómo se vive e interpreta ese diagnóstico.

Este marco resalta que las consecuencias de etiquetar una condición son heterogéneas y humanas, y que su impacto va mucho más allá de lo meramente médico.

El diagnóstico de una enfermedad rara

También se ha estudiado la respuesta directa a si recibir un diagnóstico puede ser, en sí mismo, terapéutico en ámbitos donde el impacto vital es más evidente, como el cáncer o las enfermedades raras. Una vez más, los trabajos publicados coinciden en que el diagnóstico no actúa como un beneficio uniforme ni automático, sino como un punto de inflexión ambivalente. Puede aliviar la incertidumbre y abrir puertas, pero también intensificar el malestar emocional, el miedo y la sensación de vulnerabilidad.

En el caso de las enfermedades raras, el diagnóstico suele llegar tras una larga “odisea diagnóstica”. Un estudio multicéntrico (2023) comparó a personas que recibieron un diagnóstico temprano con aquellas que pasaron años sin una explicación clara. La ausencia o el retraso diagnóstico se asoció a mayores niveles de frustración, ansiedad, soledad y dificultades para planificar la vida cotidiana.

Cuando finalmente se obtenía un diagnóstico tras un retraso prolongado se redujo parte del sufrimiento ligado a la incertidumbre y a la invisibilidad social, y mejoraron algunos indicadores psicológicos como la irritabilidad, la confusión o el miedo difuso. Pero, al mismo tiempo, surgían nuevas cargas como depresión, ansiedad, sentimientos de culpa, experiencias de discriminación y un impacto económico que antes no existía. El diagnóstico ordenaba el relato, pero no eliminaba el sufrimiento.

Cáncer: diagnóstico y búsqueda del sentido

En Oncología, la literatura describe un proceso diferente pero igualmente complejo. Una revisión de 2022 sobre elaboración de sentido y crecimiento postraumático señala que el diagnóstico de cáncer suele activar una búsqueda profunda de significado vital. Cuando ese proceso culmina en crecimiento postraumático, se asocia a mejor calidad de vida y menores niveles de ansiedad y depresión. Sin embargo, el diagnóstico no es el agente terapéutico: actúa como detonante de un proceso psicológico, cuyo resultado depende del apoyo social, de los recursos personales y del contexto asistencial.

Un estudio en cáncer de mama (2024) refuerza la idea de que el apoyo social: familiar, profesional y comunitario, facilita darle sentido, reduce el miedo a la recaída y mejora la aceptación de la enfermedad. De nuevo, los beneficios psicológicos no se explican por el hecho de “saber el diagnóstico”, sino por el acompañamiento, la narrativa compartida y las estrategias de afrontamiento que se ponen en marcha.

La evidencia sobre calidad de vida a largo plazo es más clara. Una umbrella review (2025) concluye que la calidad de vida de las personas con cáncer está determinada sobre todo por factores como la depresión, la ansiedad, el afrontamiento y el apoyo social, sin identificar un efecto terapéutico estable del diagnóstico en sí. Otras revisiones muestran que la ansiedad y la depresión pueden persistir durante años y que el mero paso del tiempo desde el diagnóstico no elimina ese impacto. Esto sugiere que la etiqueta de “superviviente de cáncer” implica, para muchas personas, una carga emocional duradera.

Cómo explicar un diagnóstico

Atendiendo a la comunicación del diagnóstico por parte de los clínicos, otros investigadores entrevistaron a médicos de Atención Primaria y a personas sanas que, tras someterse a pruebas rutinarias, terminaron siendo diagnosticados de enfermedades (no cancerosas) como hipertensión o colesterol alto. Publicado en BJPsych Open (2025), el trabajo analizó si los médicos explicaban a los pacientes lo que significa recibir ese diagnóstico.

Los resultados mostraron que esto rara vez ocurre. Se informa sobre la prueba y las técnicas, pero no sobre las implicaciones de convertirse en paciente. De hecho, ningún paciente recordó haber tenido esa conversación antes del cribado, salvo en el contexto de controles durante el embarazo, lo que pone de relieve un vacío en la comunicación clínica habitual.

Tanto los profesionales como los pacientes coincidieron en que discutir estas consecuencias podría ser útil, aunque reconocieron algunas dificultades como la falta de tiempo en consulta, la ausencia de guías claras y la necesidad de adaptar el mensaje a cada persona. El estudio también refleja que muchas decisiones diagnósticas se toman sin preparar al paciente, a pesar de que un diagnóstico puede cambiar cómo alguien se ve a sí mismo y se relaciona con el sistema sanitario.

Además, el artículo advierte que cuantas más pruebas se realizan y más se amplían los criterios diagnósticos, mayor es el número de personas etiquetadas. Nuevamente, para algunos, el diagnóstico ofrece alivio y comprensión; para otros, puede generar ansiedad, preocupación constante y activación de pruebas o tratamientos innecesarios. En definitiva, el diagnóstico no es solo un acto clínico, sino que tiene consecuencias reales sobre la vida y el bienestar.

En el caso de esquizofrenia o depresión

En el ámbito de la salud mental, un estudio dirigido por Amy Mickelberg, recogido en Acta Psychologica (2024),  exploró cómo un diagnóstico puede influir en la percepción social de una persona, incluso cuando esa etiqueta se retira posteriormente.

En un experimento con más de 500 participantes que leyeron viñetas sobre pacientes diagnosticados con esquizofrenia, trastorno depresivo mayor o sin diagnóstico, los investigadores midieron actitudes como la distancia social deseada, la percepción de peligrosidad y la imprevisibilidad asociada a ese diagnóstico. Encontraron que las etiquetas diagnósticas generaban estigma y moldeaban inferencias sociales, efecto que se observó más marcado en diagnósticos más estigmatizados, como la esquizofrenia.

Lo más relevante es que, incluso después de retirar explícitamente la etiqueta diagnóstica errónea, la impresión formada por los participantes seguía influenciada por el diagnóstico original. Esto sugiere que esas etiquetas pueden tener un impacto duradero en cómo otros perciben e interpretan a una persona más allá de la precisión clínica, con implicaciones claras para la estigmatización y la comunicación clínica.

La importancia de la comunicación

Estudios recientes sobre comunicación médico-paciente muestran que la claridad y la calidad de la información médica (incluida la explicación del diagnóstico, las pruebas y el plan terapéutico) es uno de los factores más importantes para la satisfacción del paciente, incluso por encima de la comunicación emocional.

En este contexto, un artículo publicado en BMC Medical Education (2025) examinó cómo la forma en que los profesionales sanitarios se comunican en consulta influye directamente en la percepción de la atención médica. A partir de encuestas validadas, los autores encontraron que cuanto más clara y comprensible es la información sobre el diagnóstico y el tratamiento, mayor es la satisfacción del paciente, incluso más allá de la destreza técnica del profesional.

El estudio subraya que no basta con tener razones clínicas para diagnosticar o tratar, lo importante es cómo se transmiten esas decisiones, cómo se explican los motivos y las implicaciones, y cuánto tiempo se da al paciente para preguntar y comprender. Aunque no analiza directamente el efecto de poner un nombre a una enfermedad, refuerza la idea de que el impacto de un diagnóstico no empieza ni termina en la etiqueta clínica, sino en la relación humana y comunicativa que lo rodea.

Por tanto, el diagnóstico se percibe como un hito biográfico complejo, capaz de generar a la vez alivio y ansiedad. Tener un diagnóstico no es terapéutico por sí mismo, su efecto depende de cómo se comunique, del apoyo disponible y de si abre puertas a intervenciones útiles. En otras palabras, un diagnóstico puede ser un comienzo que empodera, organiza y da sentido, pero también puede convertirse en una carga.

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miércoles, 21 de enero de 2026

María Jesús Lamas defiende el liderazgo femenino en investigación, más allá del sesgo del observador

España ha consolidado un ecosistema de éxito en investigación clínica liderado mayoritariamente por mujeres, pero ahora se enfrenta al reto de romper el techo de cristal en la toma de decisiones y eliminar el sesgo de género en los datos científicos. Esta es una de las principales conclusiones del tercer café institucional de Mujeres en Farma bajo  la iniciativa #EnSaludNoSinMujeres, impulsada por la Federación de Asociaciones Científico Médicas Españolas (FACME), Farmaindustria y Mujeres en Farma, en colaboración con el Ministerio de Sanidad y la participación de EL MÉDICO INTERACTIVO.

En esta ocasión, la anfitriona fue la directora de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS), María Jesús Lamas Díaz, figura clave en la regulación farmacéutica, quien abordó el encuentro bajo el lema: “Avanzamos juntas en la investigación clínica”. En su opinión, a pesar de que el sector farmacéutico es uno de los más feminizados de la economía española, el «techo de cristal» sigue siendo una estructura sólida.

Lamas introdujo el concepto del «sesgo del observador». Según la directora, las mujeres presentes en los altos cargos de la industria son la «representación del éxito» pero, más allá de ellas, existe un gran talento femenino que se pierde en el camino. «Las que han sido víctimas del sesgo no son directoras generales», afirmó. En el encuentro se incidió en que, aunque las facultades de ciencias de la salud llevan 30 años con paridad de alumnos o incluso mayoría de mujeres en los últimos años, las jefaturas de servicio y las cátedras siguen ocupadas mayoritariamente por hombres. “Los números son la única forma de combatir nuestro sesgo”, sentenció, en referencia a que muchas de las mujeres líderes en este campo no tienen una percepción de la discriminación por género.

En esta misma línea, la Dra. Pilar Garrido, jefa de Oncología del Hospital Ramón y Cajal, se planteó la pregunta de por qué conformarse con el 50 % de representación en paneles o puestos de mando “cuando somos el 80 % de la fuerza laboral en este sector”. Para la que fuera presidenta de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM) y también de FACME, las mujeres han sido aceptadas como «excelentes subjefas», pero el acceso a la cima operativa sigue limitado, en muchos casos por inercias culturales que asocian el liderazgo con modelos masculinos de mando.

Cambio de paradigma

La directora de la AEMPS destacó también la autolimitación femenina a la hora de asumir puestos de responsabilidad y apostó por un cambio de paradigma con modelo de liderazgo alejado de la masculinidad. “Las mujeres de mi edad no conocimos otro tipo de liderazgo femenino que el ‘modelo de hierro’ de Margaret Thatcher. Hoy se puede ser ejecutiva y resolutiva sin renunciar a rasgos como la empatía o la humanidad. Este perfil no existía hace 30 años; nos lo hemos inventado esta generación”.

Por su parte, la Dra. Cristina Avendaño, actual presidenta de FACME, aportó el concepto del sesgo de la “secretarización”. Recordó sus inicios, cuando ella se encargaba de redactar los borradores de los decretos de ensayos clínicos mientras los hombres lideraban la reunión. Reflexionó sobre cómo las mujeres a menudo asumen el papel de ejecutoras frente al rol de liderazgo visible, una inercia que todavía hoy se debe combatir.

El prisma masculino en la ciencia

A lo largo del encuentro se recordó que el desarrollo de la investigación sigue bajo un prisma masculino: desde la investigación preclínica, que usa modelos animales machos, hasta los ensayos clínicos, con una tradicional baja presencia de mujeres. Esto genera un vacío de datos sobre cómo afectan las enfermedades y los fármacos a esta población. Asimismo, se concluyó que el liderazgo femenino real requiere un entorno que no penalice la maternidad, citando ejemplos de directivas que fueron promocionadas estando embarazadas.

Liderazgo estratégico en Europa

El encuentro también abordó retos técnicos como los ensayos de Fase I y la nueva competencia global. Lamas fue contundente, incidiendo en que la prioridad de la Agencia es potenciar la Fase I, ya que cuando un ensayo pionero se asienta en un hospital español, ese centro queda «consagrado» para las fases posteriores. “Es la forma de asegurar que el medicamento se desarrolle íntegramente en España”, explicó.

Por otro lado, y ante la competencia de países como Alemania o Francia, Lamas apostó por «liderar» en lugar de solo «competir». Destacó el impulso de España a la iniciativa FAST-EU (Facilitating and Accelerating Strategic Trials), un nuevo procedimiento de evaluación acelerada para ensayos multinacionales que ha arrancado este enero de 2026. Además, señaló que la AEMPS ha logrado que el reglamento europeo de biotecnología incluya capítulos escritos «al pie de la letra» por la agencia española, consolidando un modelo basado en la fiabilidad.

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